La Universidad en la Edad Moderna
P. Kopa, Praga, 18.7.2026
Diagnóstico general
https://youtu.be/x3kCvQkh-CA
La Edad Moderna se basa en una serie de cambios profundos en la política, la economía, la cultura y la religión que rompen con la Edad Media y preparan el mundo contemporáneo. Muchos historiadores la inician con la caída de Constantinopla (1453) o con el viaje de Colón a América (1492) y su final es la Revolución francesa de 1789, que abre la Edad Contemporánea.
Al mismo tiempo, la secularización del Occidente fue arrinconando poco a poco la Iglesia y sus principios morales, principalmente en el sector universitario. No pocos intelectuales piensan todavía hoy, que el hombre se vuelve bueno en cuanto reciba una instrucción educativa sobre los bienes expresados en la Ley del Estado.
Esta visión volteriana e ingenua del hombre ha pasado por alto lo que los cristianos sabían desde siempre por la revelación divina: que el hombre tiene en su naturaleza un ADN malo, llamado pecado original, que le inclina a los vicios si no los combate, en la decisión de no pecar. Y sólo la Iglesia fundada por Cristo tiene los medios para asegurar la victoria en esta lucha: sus enseñanzas y sus sacramentos.
Llama la atención cómo las instituciones cristianas no han aprovechado las muchas oportunidades que el «mundo moderno» ofrecía para preservar al mundo de ideas e ideologías malas. Desde siempre, la cultura cristiana ha formado a los hombres en las virtudes esenciales y básicas que permiten una convivencia social armónica. Esta es la causa de la grandeza del Occidente.
Sin embargo, la actitud de pensamiento racionalista que aparece con el iluminismo en la universidad, segregada de los principios cristianos, ha llevado a desestimarlos, considerándolos como una reliquia del pasado. Sin embargo, estas son condiciones necesarias para la convivencia en todos los órdenes.
Las virtudes cristianas son los siete remedios que curan los siete pecados capitales: la virtud de la humildad sana la soberbia, la generosidad remedia la avaricia, la castidad contrarresta la lujuria, la gratitud se opone a la envidia, la templanza modera la gula, la paciencia va contra la ira y la diligencia combate la pereza. Esto significa que cada uno de los siete vicios se pueden purificar ejercitando las virtudes correspondientes.
Los cristianos sólo podrán afrontar los retos del mundo moderno y contemporáneo, si declaran la guerra a estos vicios morales. Se trata de una batalla campal, una guerra en siete frentes, que sólo se puede ganar mediante la fe y el trato directo y personal con Dios. Esto atañe a los sistemas educativos modernos, concretamente a la educación superior que forma los líderes sociales en todos los sectores.
Por esto, ninguna institución educativa debería ignorar la dignidad trascendente del hombre, so pena de ocasionar grandes desastres a nivel personal e institucional: el fraude, el adulterio, la corrupción etc. Por lo dicho arriba se entiende perfectamente que la Universidad haya nacido en los siglos XII y XIII a la sombra de las grandes catedrales, en Paris, Salamanca, Praga y Roma, con el fin de educar de tal forma para que sea armónica la convivencia social y las relaciones entre los pueblos.
La visión del Cardenal Newman
Newman no pensó que los estudios teológicos tenían que centrarse sólo en Dios, sino que se abrieran a un pluralismo de materias precedidas por la teología como la «reina de las ciencias». Esta centralidad viene exigida por la revelación divina. Por tanto, no se trata de una pretensión superficial, que actualmente afecta negativamente a la mayoría de los «programas» universitarios, en todas las materias, incluidas las de religión y teología en las escuelas no confesionales.
Para ser un profesional se requiere un conocimiento mucho más amplio que la del propio oficio o arte. Hacerse útil, de cualquier otra forma que no sea como reparador a sueldo o en alguna otra actividad técnica, siempre transluce el propósito de la formación universitaria recibida.
Es cierto que algunos de los profesores, incluso los catedráticos, sean sinceros en su oficio. Sin embargo, existe una sinceridad superior que exige al «personal docente», que se identifique con un fin que trasciende la mera instrucción. Esto porque la instrucción, en sí misma, es como enseñar al mono a traer plátanos, y no tiene por qué incluir el reparto justo de los plátanos. Además, la única relación con la verdad última es que Dios ha creado los plátanos, y esto puede no estar incluido expresamente en el curso. https://thinktanklatam.org/la-importancia-de-las-humanidades/
La enseñanza de la teología puede ser igualmente superficial, y casi con toda seguridad lo será, a menos que exista ese tipo de seriedad moral que estaría presente en una vida de oración orientada hacia un propósito trascendente.
No se trata sólo de que se enseñen teología y religión, que no se imparten en ninguna universidad laica, sino de que se transmita la sabiduría sobrenatural de una manera totalmente diferente a como se transmiten los conocimientos en la vida universitaria contemporánea. Un curso escolar no tiene valor a menos que uno pueda recordarlo con un mínimo de gratitud, después de haberlo abandonado.
O tal vez la universidad sólo contribuye al entretenimiento, como se puede observar en las vidas de los novatos y los del primer año, con los que me he encontrado, ya sea que su plaza estuviera asegurada por una beca o por el dinero de papá.
Ya no existe una buena institución para el aprendizaje académico, si es que alguna vez existió. Una lectura sobre la vida universitaria en la Edad Media convencerá a cualquiera de que los estudiantes llevan mucho tiempo sin estar hechos para el aprendizaje, sino que prefieren diversas formas de violencia.
Trump no suvenciona a las universidades WOKE
https://thinktanklatam.org/5557/
Las universidades son un invento desafortunado cuando el espíritu cristiano no las inspira. Se entiende que Donald Trump retirase la financiación a algunas, cerrando algunas de las escuelas más elitistas. El argumento económico a favor de esto es indiscutible; hay billones de dólares que ahorrar justamente.
La formación profesional media se fomenta mejor mediante escuelas de oficios especializados por las que los estudiantes deberán pagar. Y no hay necesidad de subvenciones públicas; sin embargo, la mayoría de los oficios se beneficiarán de los acuerdos tradicionales de aprendizaje, si el oficio realmente merece la pena conservarse.
Fuente: David Warren el sábado, 13 de junio de 2026 en The Cathlic Thing.