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El marketing de patologías fake

 

El marketing de patologías fake
Peter Kopa, Praga, 29.5.2026

https://www.youtube.com/shorts/qeaUdrN1p84

Marketing basado en enfermedades inventadas

En el programa «The Brownstone Show», en USA, el experto canadiense Alan Cassels, coautor del libro pionero «Selling Sickness» (Vendiendo Enfermedades), expuso las estrategias mediante las cuales el complejo médico-farmacéutico redefine las condiciones humanas normales de salud. Se trata de una de las mentiras más preocupantes de la industria farmacéutica contemporánea: la expansión sistemática de los criterios definitorios de las enfermedades, para ganar millones de nuevos pacientes. Así se trata de generar miles de millones en ganancias corporativas, que cubren los ciudadanos directamente de su bolsillo, o indirectamente, a través del seguro médico. Debido a esto, este sector absorbe la proporción máxima de la productividad económica de un país.

  • Francia: Invierte un \(11.9\%\) de su PIB en salud y un \(2.1\%\) en defensa.
  • Alemania: Asigna el \(11.8\%\) de su PIB al cuidado sanitario y un \(2.1\%\) a las fuerzas armadas.
  • Reino Unido: Gasta el \(10.9\%\) de su PIB en salud, mientras que el presupuesto de defensa ronda el \(2.3\%\).
  • España: Dedica el \(9.7\%\) de su PIB a la sanidad y un \(1.3\%\) a defensa. [1, 2, 3, 4, 5]

Cassels, quien ha dedicado décadas a investigar este fenómeno, identifica tres estrategias fundamentales: redefinir variaciones normales del organismo como enfermedades, reducir los umbrales diagnósticos para crear millones de nuevos «pacientes», y promover tratamientos de por vida para personas esencialmente sanas.

Según investigaciones documentadas en «Selling Sickness», los procesos de medicalización han convertido la industria farmacéutica en un negocio global de más de 500 mil millones de dólares anuales. Este crecimiento exponencial no refleja un aumento de enfermedades reales, sino una expansión deliberada de las fronteras que definen qué constituye una condición médica. Problemas leves son redefinidos como enfermedades graves, y molestias comunes son etiquetadas como condiciones patológicas que requieren medicamentos, dejándose siempre de lado la farmacopea de plantas curativas o tratamientos menos costosos. https://thinktanklatam.org/el-senado-de-usa-se-planta-contra-el-covid/

La pandemia de COVID-19, según Cassels, representó la materialización más dramática de estas dinámicas, donde el pánico mediático, la distorsión del riesgo y la manipulación de estadísticas, como la tasa de fatalidad por infección (IFR,) fueron utilizados para impulsar una respuesta abusiva sin precedentes. Las comunidades Amish, que enfrentaron la pandemia sin las medidas restrictivas implementadas forzosamente en el resto de la sociedad, experimentaron resultados comparables o mejores, convirtiéndose en un meme viral que cuestionaba las narrativas oficiales sobre la necesidad de intervenciones masivas.

Casos concretos

https://thinktanklatam.org/el-trasfondo-oscuro-en-la-sanidad/

Uno de los ejemplos más significativos es la evolución de las directrices sobre colesterol y el uso masivo de estatinas, medicamentos que reducen los niveles de colesterol LDL en sangre. Durante las últimas tres décadas, los umbrales para iniciar tratamiento con estatinas han sido sistemáticamente reducidos. El hecho fundamental que Cassels subraya es que el colesterol alto no es una enfermedad en sí misma, sino un factor de riesgo, pero tres décadas de marketing insistente han logrado que la población lo perciba como una patología que requiere medicación.

Otro caso paradigmático es la redefinición de la osteoporosis como enfermedad. En 1994, la Organización Mundial de la Salud convocó a expertos, todo pagado por las compañías farmacéuticas, para establecer una definición de osteoporosis. Los mismos expertos admitieron posteriormente que esta decisión fue arbitraria. La osteoporosis no es técnicamente una enfermedad, sino un factor de riesgo de fracturas futuras, pero el marketing ha logrado que millones de mujeres (y hombres) la perciban como una condición médica que requiere medicación inmediata.

El fenómeno del «overscreening» o exceso de pruebas diagnósticas representa otra dimensión crítica del «disease mongering». Las pruebas de antígeno prostático específico (PSA) para detectar cáncer de próstata han sido especialmente controvertidas. Un estudio estimó que el sobrediagnóstico aumenta con la edad, del 27 por ciento a los 55 años al 56 por ciento a los 75 años. Esto significa que más de la mitad de los hombres mayores diagnosticados con cáncer de próstata mediante PSA tienen tumores que nunca les habrían causado problemas. Sin embargo, una vez diagnosticados, muchos se someten a biopsias de próstata (que pueden causar sangrado e infección), cirugía y radioterapia (que pueden causar incontinencia, disfunción eréctil y otras complicaciones). El Estudio Europeo Aleatorizado de Screening para Cáncer de Próstata (ERSPC) encontró que, por cada vida salvada, 48 hombres reciben tratamiento y 1,068 son sometidos a screening.

Las colonoscopias y otros métodos de detección temprana enfrentan dilemas similares. Aunque algunos screening puede salvar vidas al detectar cánceres agresivos en etapas tempranas, existe evidencia creciente de que el screening masivo detecta desproporcionadamente cánceres de bajo riesgo mientras pierde muchos de los tumores más agresivos, que pueden avanzar demasiado rápidamente para ser encontrados con pruebas periódicas. El resultado es un sistema que somete a millones de personas sanas a procedimientos invasivos, costosos y potencialmente dañinos, mientras genera ingresos masivos para la industria médica sin producir mejoras proporcionales en la salud pública.

Introducción de nuevas categorías patológicas

El arsenal del «disease mongering» incluye la creación directa de nuevas categorías diagnósticas. Por ejemplo: la «disfunción sexual femenina», el «trastorno de ansiedad social» y otras condiciones representan esfuerzos por patologizar experiencias humanas normales y problemas sociales complejos. En el caso de la disfunción sexual femenina, compañías farmacéuticas financiaron campañas de «concienciación sobre la enfermedad» que definían la variación normal en el deseo sexual como una condición médica que requería tratamiento farmacológico.

Grupos de pacientes, pagados por la industria farmacéutica, fueron reclutados como «la cara pública» de la condición, mientras que «líderes de opinión clave» (médicos prominentes pagados por las farmacéuticas) promovían tanto la «enfermedad» como el producto. En este engaño muchos médicos se prestan a apoyar la jugada a cambio de remuneraciones.

El trastorno de ansiedad social es otro ejemplo revelador. La timidez, la introversión y la ansiedad en situaciones sociales, que son características de personalidad normales en la población, fueron redefinidas como un trastorno psiquiátrico tratable con medicamentos. Campañas publicitarias masivas convencieron a millones de personas de que su incomodidad social no era una variación normal de la experiencia humana, sino una condición médica que requería intervención farmacológica.

El patrón es consistente: identificar una experiencia humana común o una variación biológica normal, reclasificarla como una condición médica mediante conferencias de consenso (frecuentemente financiadas por la industria), lanzar campañas de «concienciación» que generen miedo y urgencia, reclutar médicos prominentes y grupos de pacientes para promover el diagnóstico, y finalmente comercializar un tratamiento farmacológico como solución. Este proceso no surge de avances científicos genuinos en la comprensión de la enfermedad, sino de estrategias de marketing diseñadas para expandir mercados y maximizar ganancias.

El sobrepeso es otro caso: Cassels enfatiza que el movimiento, la dieta y la aceptación de la variación natural son alternativas mejores que los medicamentos para la mayoría de las personas. La medicalización de la obesidad desvía la atención de los determinantes sociales y ambientales del aumento de peso (diseño urbano que desalienta el ejercicio, disponibilidad masiva de alimentos ultraprocesados, estrés laboral, desigualdad económica) y la convierte en tratamientos individuales que generan ganancias corporativas masivas

La erosión de la confianza institucional

El fenómeno del «disease mongering» tiene consecuencias que trascienden la salud individual. Jeffrey Tucker conecta estas prácticas con temas más amplios de libertad y confianza institucional. Cuando el complejo médico-industrial transforma sistemáticamente a personas sanas en pacientes, erosiona la autonomía personal y la capacidad de las personas para confiar en su propia experiencia y juicio. La medicalización convierte la vida cotidiana en una serie interminable de riesgos que requieren supervisión experta, reduciendo a los individuos a consumidores pasivos de servicios médicos y productos farmacéuticos.

Hacia una medicina centrada en la salud

La conversación entre Cassels y Tucker apunta hacia una visión alternativa de la medicina y la salud pública. En lugar de expandir continuamente las fronteras de la enfermedad para crear nuevos mercados farmacéuticos, un sistema de salud genuinamente orientado al bienestar se enfocaría en los determinantes sociales y ambientales de la salud: nutrición adecuada, actividad física regular, conexión social, trabajo significativo, seguridad económica, y entornos físicos que promuevan el bienestar. Estas intervenciones, aunque menos rentables para la industria farmacéutica, tienen impactos mucho más profundos y duraderos en la salud poblacional que la medicalización masiva de variaciones biológicas normales.

Remedios contra este problema

La reforma de este sistema requiere cambios estructurales profundos: eliminar el financiamiento de la industria farmacéutica de la investigación médica, las directrices clínicas y la educación médica continua; crear registros públicos de todos los resultados de investigación, incluyendo estudios no publicados; liberar el proceso de investigación del control del sector farmacéutico; y reorientar los sistemas de salud hacia la prevención y el bienestar en lugar de la detección y tratamiento de enfermedades. Estas reformas enfrentarán resistencia masiva de intereses corporativos poderosos, pero son esenciales para crear sistemas de salud que sirvan genuinamente al bienestar de la población en lugar de las ganancias de accionistas.

La pandemia de COVID-19 demostró tanto el poder como los peligros del complejo médico-industrial cuando opera sin restricciones ni escrutinio crítico. Las lecciones de ese episodio, combinadas con las décadas de investigación documentadas por Cassels y otros críticos del «disease mongering», señalan la urgente necesidad de reformas estructurales profundas. El desafío no es meramente técnico o científico, sino fundamentalmente político y ético: ¿permitiremos que el complejo médico-industrial continúe transformando la vida humana en una serie interminable de diagnósticos y tratamientos, o reclamaremos nuestra autonomía y construiremos sistemas de salud orientados genuinamente al bienestar y la floración humana? La respuesta determinará la salud y la libertad de generaciones futuras.

 

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