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La reina de las estrellas
Peter Kopa, Praga, 24.12.2025

Rompiendo el esquema protocolario de este thinktank, pienso que vendría bien contar un cuento mío escrito hace algún tiempo.  A esto van unidos mis deseos de Feliz Navidad a todos mis seguidores y lectores en diversoss países.

 

Hace decenas de años, había una vez una familia muy feliz en un pueblo del norte de España llamado Suances. Una de las hijas se llamaba Maria, o Mari, como le decían cariñosamente sus cinco hermanos y sus padres. Tenía ocho años, ojos claros como el mar, muy bella, alegre y saltarina, llena de vida y energía. Era una de esas niñas que conquistaba a cualquiera con su mirada, transmitiéndo alegría.

La familia vivía al borde del pueblo, sobre una elevación que permitía disfrutar de la vista del mar Cantábrico, que les deleitaba cada día con un increible juego de luces y colores, sobre todo al amanecer y al atardecer, cuando los aromas de azahares, lilas y madreselvas del jardín lo invadían todo, aturdiendo con su fragancia.

La casa era de ladrillo y madera, por lo que se parecía a un ser vivo, porque sus crujidos iban dando aviso de todo paso y movimiento. Sus muros emanaban el aroma de los robles centenarios que dieron su madera en la construcción de la casa, que era muy amplia, con una sala de estar presidida por una chimenea, donde en los fríos del invierno chisporroteaban pinos y abetos, dando calor a las tertulias cotidianas después de la cena.

El padre, Don Juan,  estaba en la edad en la que el caballero espaňol va convirtiéndose en patriarca, tanto por su numerosa descendencia como por la estima que gozaba no sólo en el pueblo, sino en toda la comarca circundante. Se dedicaba nada menos que a la cría de toros de lidia, de caballos de raza árabe y a la agricultura. Su esposa, Dona Isabel, a diferencia de su marido, era puro nervio y corazón, que vivía para su familia y todo el día cuidaba de su hogar.

Mari, junto con sus hermanos más pequenos, solían acostarse pronto, no sin antes salir afuera para echar un vistazo a los brillos del mar y sentir el suave murmullo de la rompiente, a unos cincuenta metros más abajo. La cama de Mari estaba  al lado de una ventana grande y, cuando se acostaba, solía mirar al horizonte del mar. Un día, su madre les había leído un cuento sobre las estrellas, y cómo cada una era el ángel de la guarda de alguna persona. Fuertemente impresionada por este relato, Mari, metida en la cama, se fue fijando en las estrellas, que para ella estaban como prendidas en el gran manto azul del cielo, como los faroles de los ángeles.

De repente vió como una de ellas le guiñaba, lo cual le hizo saltar de la cama y apoyarse en el borde de su ventana, para verlo mejor: la estrella seguía cortejándola con cariño, como llamándola para salir a jugar. Se puso a reir sola, en diálogo entrañable con su ángel, pensando que la quería mucho. Se tapaba los ojos con las dos manos, como para esconderse, y luego entreabría sus dedos, sintiendo como la estrella se le estaba acercando más… y más, para darle un beso. Embargada en estos pensamientos cayó en un profundo sueño.

Veía cómo su estrella se le acercaba hasta tomarla de la mano, diciédole:

  • Hola Mari, por fin te has fijado en mí. Toda tu vida te estaba esperando
  • Bueno, es que soy pequeña. ¿Cómo te llamas?
  • Primero debo decirte que soy tu ángel de la guarda, y que te conoczco desde que naciste hace ocho años, que para mí se han pasado muy pronto. Nuestro Padre nos creó y para él cada ángel es distinto, pero no nos puso nombre a todos, por lo que puedes llamarme Hugo.

Mari se iba petrificando en una mezcla de miedo y admiración, porque de Hugo, si bien tenía el aspecto de un chico de su edad, emanaba un extraño fulgor, una fragancia de cielo, una grandeza humilde y una gran atracción. Hugo, al verla así le dice:

  • Mari, no me tengas miedo, somos amigos. Mira, para ti tomé la forma de persona. Dame la mano y vamos a darnos un paseo a donde tú quieras.

Mari logró sobreponerse, con las pocas fuerzas de una niña de ocho anos:

  • Me gustaría ir a visitar las estrellas, a los otros ángeles
  • Formidable, agárrate de mi mano y nos vamos a otra dimensión, donde todo está muy cerca
  • ¿Qué es eso de otra dimensión? ¿No has querido decir diversión?
  • No importa que no entiendas. Déjate guiar, que ese es mi oficio, aunque hoy me esté portándo un poco fuera de lo normal.
  • Qué dices, no entiendo nada.
  • Mari, tienes que saber que los hombres no son conscientes de todo lo que no saben. Lo que conocen es solo como una gota ante el inmenso mar. O sea que, no te preocupe no saber. Llegarás más lejos si crees y amas.

De repente Mari se vio flotando en la inmesidad del espacio sideral, no sabiendo ni entendiendo de dimensiones ni nada, sintiéndose embargada de una dicha infinita. Las estrellas pasaban a su lado a velocidad de vértigo, llegando ambos incluso a zambullirse en soles y mirar de cerca a astros y más astros, y planetas y hasta a la garganta sombría de los agujeros negros. En esto grita Mari:

  • Hugo, ¿cuál es tu estrella?
  • ¿Pero no ves que estoy contigo?, yo soy esa estrella. Por cierto, tengo permiso de nuestro Padre Dios para que te nombre la reina de las estrellas.
  • Hugo, gracias, ¿por qué eres tan bueno conmigo?
  • No yo, yo solo cumplo órdenes. Bueno, por hoy basta. Nos vemos mañana, si quieres…

Dicho esto, Mari sintió el timbre estridente del despertador. Viendo delante de sí las maravillas que había vivido, sintió que su mundo real es mucho menos bonito. Muy contenta se fue lo antes posible a la algarabía del desayuno. No pudiendo contenerse, Mari exclamó:

  • ¡Mamá, durante la noche la estrella de mi ángel vino a verme y salimos un buen rato a ver las estrellas!
  • Mari, cariño, has tenido otro de tus sueños, que son más bien películas.
  • No, no, mira: mi ángel se llama Hugo, me llevó de la mano a otra dimensión, me dijo que los hombres no saben todo lo que no saben, que lo que conocen es como una gota frente del mar.

Don Juan, su padre, se quedó muy pensativo, echando una mirada a su mujer, que exclamó:

  • Mari, ¿quién te ha contado eso, o lo has sacado de un libro para darte importancia? Las niñas de tu edad no hablan así.
  • Si, te lo digo en serio, durante la noche fui a otra diversión, no, no, dimensión. Tomamos baños dentro de soles, sin quemarnos, y visitamos un montón de estrellas, que desde cerca son enormes bolas de fuego.

Total que, terminado el desayuno, toda la tribu se fue a pie al colegio, porque el pueblo era pequeño. Los padres pronto olvidaron el asunto, felices de tener una niña tan vivaraz e imaginativa. Ese día había sido de mucho sol, sin nubes, en plena primavera, que invadía con sus fragancias todo el jardín, donde había robles centenarios, olivos, naranjos y un prado para jugar. A la vuelta del colegio, Javier, Carlos y Doli (Dolores) bajaron al mar, junto con Mari y las más pequeñas. Don Juan los acompañaba, armado de su caña de pescar, ya que la mar estaba serena.

Esa noche Mari no se hizo rogar para ir a acostarse, porque tenía al esperanza de que volviese a ella su ángel. Se puso nuevamente a mirar aquella estrella que le seguía haciendo guiños, y pronto cayó en los brazos del sueño. Hugo la saluda:

  • Hola Mari, ¿cómo estás hoy?
  • Hola Hugo, contenta de verte.
  • Me divertí mucho viéndote jugar con las olas en la playa. Conozco bien a tus hermanos y a tus padres, y también a cada unos de mis compañeros que los cuidan igual como yo a ti.
  • ¿Y por qué no los vienen a ver como tú a mí?
  • Sí que hablan con ellos, sin que se den cuenta. Cada uno tiene su estilo de cuidarlos.

Aquella noche, después de la cena, Don Juan les había puesto la película ´Back to the future´, porque al día siguiente no había colegio, por ser sábado. Con las imágenes de la peli en la mente, Mari le pregunta:

  • Hugo, ¿sabes cómo se hace para viajar en el tiempo?
  • Es lo de menos: ¿qué quieres ver?
  • Quiero ver cómo se conocieron mis padres.
  • Muy bien, toma mi mano, te daré una grata sorpresa.

Nuevamente comenzaron a volar, como Peter Pan, por la inmensidad de los cielos. Abajo Mari vió cómo iba cambiando el aspecto del mundo conforme iban hacia atrás en la historia, hasta que bajaron y se acercaron a la gruta de Belén, a una distancia de dos mil años. Hugo se convirtió en pastor y a Mari le dió un abrigo de piel, porque hacía frío. A pie se iban acercando al sitio, rodeado de pastores con sus ovejas.  Mari se puso a llorar de emoción, apoyando su cabeza en el hombro de Hugo. Iba a ver a Jesús, a María y a José. Hugo con Mari se fueron abriendo paso entre los pastores y los reyes, hasta situarse delante de la cuna. Al verla, María Santísima le dijo:

  • Mari, te estaba esperando. Toma y dále un abrazo.

Mari no pudo decir palabra, estaba temblando de emoción, pero su mirada lo decía todo. No era el momento de hablar. Al sentir a Jesús en sus brazos, cayo en éxtasis por un instante. Hugo le dijo:

  • Mari, ¡tenemos que irnos!
  • Pero Hugo, déjame aquí y vuelvete solo a tu estrella.
  • No, eso no puede ser. Acuérdate de que solo quería darte una alegría, y corta, porque tu sueño dura solo ocho horas. Tenemos que ir a ver cómo se conocieron tus padres: ¡tú lo has querido!
  • Bueno, perdona, pero déjame cerrar lo ojos para que no tenga que ver cómo me alejo de Jesús.
  • Bueno, vale, toma mi mano.

Al poco rato, llegaron a abril de 1992, a la Catedral de Santander, donde Mari pudo ver el momento en que una chica encantadora de unos diecisiete años, al salir de misa, con unas amigas, se tropezó y cayó al suelo. En ese mismo momento, acude un estudiante algo mayor, tendiéndole la mano para levantarla. Inmediatamente reconoció que eran sus padres. Ella llevaba una falda roja a cuadros y los cabellos recogidos por detrás, en forma de cola de caballo, y él vestía una chaqueta azul dominguera y sotenía un cigarrillo entre los dedos. Ante esta escena encantadora, Mari se quedó tiesa, tapándose la cara con las dos manos sin poder entender cómo una casualidad tan trivial pudo ser el comienzo de su familia. Hugo guardó unos minutos de respetuoso silencio y luego le dijo:

  • Mari, reina de las estrellas, tenemos que volver.
  • Pero Hugo, déjame un rato más. Mira como papá la invita a tomar algo en la terraza del bar de enfrente
  • Mari, podríamos ver mucho más, pero basta por hoy, lo siento.

Así vuelven en el tiempo y al poco rato Mari se despierta con la sensación de haber estado en otro mundo, acariciando por dentro ambas escenas, la de Belén y la de sus padres. Durante el desayuno exclamó:

  • Mamá, durante la noche, mi ángel me llevó a un viaje en el tiempo, como en la película de ayer. Me mostró a Jesús en el pesebre, y luego le pedí poder ver cómo le conociste a Papá: al salir de misa, delante de la catedral de Santander te habías tropezado y caído, por lo que un chico mayor vino enseguida a darte la mano para levantarte.
  • Mari, ¿cuándo te contó la abuela esa historia?
  • No, te digo que mi ángel..
  • Mari, ya está bien, sigue soñando. ¡Igual nos cuentas un día el número del gordo de la lotería!

A esto, todos en la mesa soltaron la gran carcajada, con lo cual Mari vio que tenía que defenderse, para que por fin no creyeran que era una tonta soñadora:

  • ¡Sí, te vi, tenías el pelo recogido en cola de caballo y llevabas una falda roja a cuadros, y papá tenía una chaqueta azul y un cigarrillo entre los dedos! Además, te había invitado a un refresco en el bar de enfrente de la iglesia.

A Don Juan se le cortó la sonrisa y a doña Isabel se le frunció el entrecejo, quedándose colapsada por unos instantes. Los seis hijos en torno a la mesa lo registraron inmeditamente, dejándo de reírse y volviendo todos la mirada a Mari, que se daba cuenta de que su contraataque había producido su efecto. Como era domingo, no había prisa, ya que la misa a la que acostumbraban a ir era recién a las diez de la mañana. Isabel pidió a su marido hablar a solas en la sala de estar.

  • Juan, ¿cómo pudo Mari enterarse de esos detalles?
  • Pues los abuelos.
  • No, porque esa falda roja, junto a mis cosas que me traje de casa de mis padres después de casarnos, las puse en ese baúl que está en el ático, además cerrado con llave.

Inmediatamente subieron al ático, abrieron el baúl y, efectivamente, allí estaba la falda roja, casi en el fondo. Ambos se miraron preocupados. Doña Isabel dijo:

  • ¿Será que Mari tiene un espíritu pitónico o una cierta relación con el diablo?
  • No exageres, tranquilízate. Podemos ir a ver al cura, ¿qué te parece?

Previa llamada al sacerdote, salieron hacia la parroquia. Don Juan le contó lo sucedido y Don Carlos, el párroco, reaccionó con una sonrisa tranquilizante:

  • Pero cómo van a pensar en esa barbaridad pitónica. Creo que puedo afirmar que Mari está muy cerca de Dios y, como es pura energía e imaginación, no me extrana que sueñe de esa manera. A ella el diablo no se le puede acercar, ¡estoy seguro!
  • ¿Y lo de la falda?
  • Estáis seguros de que nadie se lo pudo haber contado, como los abuelos, algún amigo de la familia, o que no ha podido robar la llave?

Isabe se adelanta en contestar:

  • Estoy totalmente segura. Además, Mari nos reveló que Juan tenía en el momento de nuestro encuentro una chaqueta azul y nada menos que un cigarrillo entre los dedos, todo cierto. E incluso nos dijo que luego Juan me invitó a tomar algo en el bar de enfrente de la Iglesia. En esto, también dio en el clavo.
  • Bueno, bueno, mirad: vamos a dejar pasar tiempo para ver cómo evoluciona esto. Sabréis que en la Biblia hay muchas escenas en las que Dios o un ángel habla a los hombres, como a San José o a la Virgen. Lo que pasa es que, cuando esto pasa a la propia hija, la cosa se vuelve dramática e increíble.

Don Juan y Doña Isabel volvieron a casa en silencio, cada uno rumiando por dentro sus impresiones. Estaban contentísimos de tener una hija como Mari, y, y la vez, veían que Dios se estaba interesando por ella para algo muy grande…

En los días siguientes, Marí sufría porque, al dormirse mirando su estrella, Hugo ya no venía a verla. Pensó por tanto que tenía que tratarlo en la oración que hacía todos los días, unos minutos, y que seguramente le agradaría que rezara mejor el santo Rosario con sus padres y hermanos mayores. Con el paso de las semanas, de los meses y de los años se fue convenciendo de que Dios mismo le mostraría el sentido de todos esos momentos pasados con Hugo, por lo que conforme iba creciendo en edad, esos recuerdos iban pasando más y más a ser un íntimo tesoro escondido en el hondón de su alma.

A los dieciocho años, dejó la casa paterna para acudir a la Universidad en Santander. Se alojaba en una residencia para chicas estudiantes, donde encontró el ambiente ideal para su perfil interior y su carácter. Allí estaba rodeada de muchas amigas y la vida estudiantil le encantaba. Los fines de semana volvía a su casa en Suances.

Una vez, saliendo de la catedral de Santander con sus amigas – lucía una falda roja a cuadros y el pelo lo tenía recogido– tropezó y se cayó al suelo. Inmediatamente acudió un estudiante de unos 22 años a darle la mano para levantarla. Llevaba una chaqueta azul y un cigarrillo entre los dedos. Al levantar la vista, Mari se quedó hecha piedra porque el joven caballero que tenía delante era nada menos que Hugo, su ángel tan amado, por lo que no pudo contener un grito que le salió sin querer del fondo del alma:

  • ¡Hugo, tanto tiempo!

Y diciéndo esto se le echó encima, para darle un un abrazo de bienvenida, después de diez años. El joven, sin embargo, puso cara de asombro, como quien no entendía en absoluto a qué venía ese saludo. Al verle la expresión de su rostro, Mari se dio cuenta inmediatamente de que se trataba de otra persona, no de Hugo, por lo que se puso colorada de vergüenza, como un tomate, y tapándose la cara le dijo al joven:

  • Perdón, lo confundí con Hugo, mi ángel.

E inmediatamente se puso a correr,  pero el joven recién en este instante se dio cuenta de que ella era la que había visto una vez en sus sueños, por lo que la siguó gritándole:

  • ¡Oye, mi reina de las estrellas…

Al oír esto, Mari se detuvo en seco, y volvió lentamente su mirada a aquel joven, se puso a mirarlo. Mientras sacaba del hondón de su alma el recuerdo de Hugo, comprendió ahora que le había dado una identificación al llamarla reina de las estrellas. Ambos se quedaron mirándose atónitos por un momento prolongado, con ojos vidriosos, percatándose cada uno de la magia arrasadora de ese instante. En ese momento, Mari se da cuenta de que viste la misma falda que tenía su madre hacía 28 años y que el apuesto joven que la mira con cariño infinito tiene también la chaqueta azul y el cigarrillo entre los dedos como su padre. Sobreponiéndose a sus sentimientos, Mari le pregunta, tuteándolo como señal de confianza en él:

  • Pero, ¿por qué me has dicho que soy la reina de las estrellas?
  • Porque hace aňos tuve un sueño que a nadie conté, porque nadie me lo iba a creer: soñé con un ángel que llevaba de la mano a una niña bellísima, y me dijo que era la reina de las estrellas. Esto se me quedó grabado a fuego en el corazón, y por fin te encontré: eres tú, mi reina de las estrellas. Me llamo Hugo, tengo 22 anos y estudio Económicas.

Mari no logró decir nada y aceptó tomar con él un refresco en el bar de enfrente. Al tomarla Hugo de la mano, se dio cuenta que lo hacía igual como el otro Hugo, su ángel, diez aňos atrás.

 

 

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