La moralidad en la guerra de Ucrania

 

7.3.2022 por Robert Royal, USA

Robert Royal es redactor jefe de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute de Washington, D.C. Sus libros más recientes son ´Columbus and the Crisis of the West´ y ´A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century´. Esta columna fue publicada en la revista online mencionada.

Ofrecemos aquí parte de su columna, donde se explican los criterios esenciales que justifican una guerra defensiva. Se trata de considerar la moralidad de la guerra en Ucrania:

«La violencia es una violación de la dignidad humana y del buen orden social. Pero la violencia no es lo mismo que la «fuerza». La violencia siempre es mala. El uso justo de la fuerza -por parte de la policía, de los ejércitos, incluso de la gente común-, que significa detener físicamente el daño a inocentes, no está mal, es más, puede ser profunda y heroicamente correcto.

Los ucranianos han demostrado esa verdad con su valentía y su conducta. Y saben en sus corazones que la guerra defensiva no es violencia.

La Iglesia ha sido la principal maestra de los principios de la guerra justa en Occidente. Y estas son algunas de las distinciones más simples que diferencian las guerras justas de las injustas. Lejos de confundir la violencia y la fuerza, el Papa Benedicto XVI afirmó la posición cristiana clásica: «defenderse uno mismo y a los demás es un deber». El Catecismo dice: «La legítima defensa puede ser no sólo un derecho, sino un grave deber para quien es responsable de la vida de otro. Preservar el bien común exige lograr que el agresor injusto no pueda infligir daño. Con este fin, quienes ostentan la legítima autoridad tienen el derecho de repeler por la fuerza armada a los agresores contra la comunidad civil que les ha sido confiada.» [2665]

Incluso los progresistas seculares, que suelen ser los que más se oponen a todas las guerras, han desarrollado el concepto «R2P» – «la responsabilidad de proteger». Port tanto, cuando se tergiversa todo esto sugiriendo que la guerra como tal es una violencia inmoral -que ser cristiano es esencialmente ser pacifista – se crea confusión en lugar de buen entendimiento. Una vez más, se puede sentir la indignación por la muerte y la destrucción, pero aun así es necesario tener una visión clara de toda la verdad.

Las armas nucleares e incluso las armas convencionales inmensamente destructivas, como las bombas termobáricas (que se han trasladado a Ucrania), han complicado un poco los cálculos morales. Pero el pacifismo no sirve para contener los males humanos hoy en día. Winston Churchill, un líder con amplia experiencia política, observó en su último discurso ante la Cámara de los Comunes, que las armas nucleares habían provocado una «sublime ironía»: el mundo había «alcanzado una etapa en su historia en la que la seguridad será el hijo fuerte del terror, y la supervivencia el hermano gemelo de la aniquilación».

La disuasión se había convertido en uno de los instrumentos necesarios para la paz. Un pequeño número de voces occidentales -pero no tan pequeñas como para ser insignificantes- han alegado que nosotros y los ucranianos no somos inocentes de provocar a los rusos. Que debemos reconocer nuestras amenazas a su seguridad tanto, en términos de armamento, como de nuestra decadencia cultural. Esto es digno de mención, por supuesto, pero no tiene ninguna importancia real en el conflicto actual.

Proteger a los inocentes mediante el uso justo de la fuerza no significa que ellos o nosotros debamos ser moralmente perfectos, o incluso sin algún grado de culpa por la situación. Si esa fuera la norma para la acción humana, nunca podríamos actuar moralmente en absoluto, en ningún contexto, porque -como indica la doctrina del Pecado Original- ninguno de nosotros es totalmente inocente.

En el actual conflicto de Ucrania, la cuestión moral básica está clara (no siempre es así en los conflictos armados). Rusia invadió un país que no representaba ningún peligro inmediato. En la teoría de la guerra justa, esto significa que la invasión no cumple los criterios básicos de «causa justa» y «último recurso». En cuanto al comportamiento de Rusia en la guerra, gracias a los teléfonos móviles y los medios de comunicación social – incluso a través de la niebla de la guerra- vemos en tiempo real los ataques a civiles, las bombas de racimo y el peligroso asalto a la instalación nuclear de Zaporizhzhia, que podría haber sido, tanto para Rusia como para el resto del mundo, una catástrofe total. Esto es materia propia de crímenes de guerra.

Donde el cálculo moral se complica para Occidente es en la respuesta. Es imprudente y erróneo -tanto en términos morales como considerando los intereses estadounidenses- impulsar un conflicto militar directo con Rusia. Es muy probable que sus amenazas nucleares sean un farol. Pero por muy frustrante que resulte para cualquier persona con una pizca de coraje, las zonas de exclusión aérea y las fuerzas terrestres occidentales sencillamente no son opciones a nuestro alcance.

Tenemos que hacer todo lo posible en favor de los ucranianos para que se interrumpa la guerra con Rusia. Y todavía se puede hacer mucho, tanto en lo relativo a pertrecho militar como en asesoramiento estratégico y a la imposición de más sanciones, siempre que haya voluntad para ello, aquí en USA y en el extranjero. Sobre esto, el tiempo -y el presidente Biden- lo dirán.

Es más que imprudente que una figura, como el senador Lindsay Graham, diga que el mundo necesita la solución de Bruto. (Bruto asesinó a César para salvar la República Romana; alguien tiene que matar a Putin para salvar a Rusia). El «tiranicidio justo» es una categoría moral, bajo condiciones muy estrictas. Pero los funcionarios del gobierno, en particular, deberían tener cuidado con las consecuencias no deseadas de decir tales cosas en público, especialmente cuando facilita que un manipulador avezado como Putin las utilice en la guerra de propaganda.

La imprudencia, en una respuesta a una agresión injusta, puede ser en sí misma una forma de que el mal se propague aún más. En el mundo siempre abundan males de muchos tipos. Aquellos que pretenden limitar el mal en la actual agresión contra Ucrania deben tener mucho cuidado en utilizar las verdades con máxima prudencia. Y eso significa esforzarse para que las propias palabras no aumenten la oscuridad que ya está habiendo.

 

 

 

 

The morality in the ukrainian war

7.3.2022 By Robert Royal

Robert Royal is editor-in-chief of The Catholic Thing and president of the Faith & Reason Institute in Washington, D.C. His most recent books are Columbus and the Crisis of the West and A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century. This column was published in The Catholic Thing.

We offer here part of his column, where are explained the essential criteria that justifies a defensive war. We could apply it to the morality in the ukrainian war.

“Violence” is a violation – of human dignity and good social order. But violence is not the same thing as “force.” Violence is always wrong. Just uses of force – by police, armies, even ordinary people – which means physically stopping harm to innocents, is not wrong, indeed may be profoundly, heroically right.

The Ukrainians have been demonstrating that truth by their bravery and conduct. And they know in their hearts and minds and very bones that defensive warfare is not “violence.”

The Church has been the primary teacher of just war theory in the West. And these are among the simplest distinctions separating just from unjust wars. Far from conflating violence and force, Pope Benedict stated the classical Christian position: “defending oneself and others is a duty.” The Catechism says, “Legitimate defense can be not only a right but a grave duty for someone responsible for another’s life. Preserving the common good requires rendering the unjust aggressor unable to inflict harm. To this end, those holding legitimate authority have the right to repel by armed force aggressors against the civil community entrusted to their charge.” [2665]

Even secular progressives, usually the most vocal in opposing all wars, have developed the concept “R2P” – “the responsibility to protect.”

So, when the Church garbles all this by suggesting that war as such is immoral “violence” – that to be Christian is essentially to be a pacifist – it creates confusion rather than enlightenment. Again, you may feel the outrage at the death and destruction, but still need to be clearsighted about the whole truth.

Nuclear weapons and even immensely destructive conventional weapons like thermobaric bombs (these have been moved into Ukraine) have complicated the moral calculations somewhat. But pacifism won’t do to contain human evils today. Winston Churchill, a prudent leader with vast political experience, observed in his very last speech to the House of Commons that nukes had brought about a “sublime irony”: the world had “reached a stage in this story where safety will be the sturdy child of terror, and survival the twin brother of annihilation.” Deterrence had become one of the necessary instruments of peace.

A small number of Western voices – but not so small as to be negligible – have argued that we and the Ukrainians are not innocent of provoking the Russians. That we need to recognize our threats to their security both in terms of weaponry and our cultural decadence. That’s worth noting, of course, but it’s of no real significance in the current conflict.

Protecting innocents by the just use of force does not mean that they or we must be morally perfect, or even without some degree of blame for the situation. If that were the standard for human action, we could never act morally at all, in any context, because – as the doctrine of Original Sin indicates – none of us are entirely innocent.

In the current conflict in Ukraine, the basic moral question is clear (not always the case in armed conflicts). Russia invaded a country that posed no immediate danger. In Just War Theory, this means the invasion fails to meet the basic criteria of “just cause” and “last resort.” (For Aquinas on such matters, click here.) As to Russia’s conduct in the war, thanks to ubiquitous cell phones and social media – even through the fog of war – we see attacks in real time on civilians, cluster bombs, and the dangerous assault on the Zaporizhzhia nuclear facility, which could have been, for Russia as much as for the rest of the world, utter catastrophe. This is the stuff of war crimes.

Where the moral calculus gets complicated for the West is in the response. It’s reckless and wrong – both in moral terms and in terms of American interests – to push a direct military conflict with Russia. Their nuclear threats are very likely a bluff. But as frustrating as it feels for anyone with an ounce of spunk, no-fly zones and Western ground forces are simply not in the cards. We have to do everything possible for the Ukrainians short of war with Russia. And much can still be done both in military hardware, strategic advice, and further sanctions – if there’s the will here and abroad. About that, time – and President Biden – will tell.

It’s beyond reckless for a figure like Senator Lindsay Graham to say that the world needs the Brutus solution. (Brutus assassinated Caesar to save the Roman Republic; someone needs to kill Putin to save Russia.) “Just tyrannicide” is a moral category – under very strict conditions. But government officials in particular should be careful about the unintended consequences of saying such things in public, especially when it makes it easy for a practiced manipulator like Putin to use them in the propaganda war.

Recklessness in response to unjust aggression may itself be a way that evil further propagates itself. The world always abounds in evils of many kinds. Those who intend to limit evil in the current aggression against Ukraine need to be sharply focused in using such truths as they possess with the greatest care. And that means taking pains that their words do not add to the already spreading darkness.