La conciencia como libertad ante la verdad

https://www.youtube.com/watch?v=4O-UZGnv9O0

Martes, 11.1.2022

20.1.2020 en Praga

Esta columna sobre la conciencia como libertad ante la verdad, apareció por primera vez en el sitio web The Catholic Thing (www.thecatholicthing.org). Copyright 2022. Todos los derechos reservados. Reimpreso con permiso.

Randall B. Smith, autor del artículo original inglés, es profesor de teología en la Universidad de Santo Tomás, USA. Es autor de Reading the Sermons of Thomas Aquinas: A Guidebook for Beginners y Aquinas, Bonaventure, and the Scholastic Culture of Medieval Paris: Predicación, prólogos y comentario bíblico (2021). Su página web es: randallbsmith.com.

El tema de la conciencia como libertad ante la verdad tiene una gran actualidad para cristianos y no cristianos, que frecuentemente tienen que tomar decisiones de alta relevancia moral.

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«En la discusión contemporánea sobre lo que constituye la esencia de la moral y cómo puede ser reconocida, la cuestión de la conciencia se ha convertido en algo primordial, especialmente en el campo de la teología moral católica». Así lo dijo el entonces cardenal Ratzinger en un discurso de 1991 «Conciencia y verdad». Este tema de la conexión entre la conciencia y la verdad, especialmente la verdad sobre la persona humana, fue repetido incesantemente tanto por los Papas Juan Pablo II como por Benedicto XVI.

En relación a la conciencia como libertad ante la verdad, en la encíclica Veritatis Splendor del Papa Juan Pablo II, la palabra «conciencia» aparece 108 veces, sobre todo en contextos en los que intentaba corregir errores modernos. Como en este pasaje:

´se escucha con frecuencia una opinión que cuestiona el vínculo intrínseco e inquebrantable entre la fe y la moral, como si la pertenencia a la Iglesia y su unidad interna debieran decidirse sobre la base de la sola fe, mientras que en el ámbito de la moral se podría tolerar un pluralismo de opiniones y de tipos de comportamiento, dejándolos al juicio de la conciencia subjetiva individual o a la diversidad de los contextos sociales y culturales´ (VS, 4).

Y de nuevo aquí:

“Ciertas corrientes del pensamiento moderno han llegado a exaltar la libertad hasta el punto de convertirla en un absoluto, que sería entonces la fuente de los valores. A la conciencia individual se le otorga el estatus de tribunal supremo de juicio moral que dicta decisiones categóricas e infalibles sobre el bien y el mal. A la afirmación de que uno tiene el deber de seguir su conciencia se añade indebidamente la afirmación de que el juicio moral de uno es verdadero por el mero hecho de que tiene su origen en la conciencia. Pero así desaparecen las ineludibles pretensiones de verdad, cediendo su lugar a un criterio de sinceridad, de autenticidad y de estar en paz consigo mismo» (VS, 32).

Así también, en ese discurso de 1991, el cardenal Ratzinger cuenta la historia de un colega, de su época de profesor, que sugirió que algunos «deberían estar agradecidos» de que Dios permita «tantos incrédulos en buena conciencia. Porque si se les abrieran los ojos y se hicieran creyentes, no serían capaces, en este mundo nuestro, de soportar el peso de la fe con todas sus obligaciones morales. Pero tal como están las cosas, como pueden ir por otro camino en buena conciencia, pueden alcanzar la salvación». Este intercambio habría tenido lugar en una universidad alemana a mediados de los años 50, todavía muy a la sombra de la Shoah o de la liquidación de judíos.

¿En qué estaba pensando ese colega? ¿Que gracias a Dios tanta gente seguía a Hitler en buena conciencia? Piensa en lo poco razonable que habría sido para la Iglesia exigir a estas personas que soportaran «la carga de la fe con todas sus obligaciones morales».

Lo que más le molestó del comentario de este hombre, escribe Ratzinger, era la idea que albergaba, de que la fe es una carga que difícilmente puede ser soportada. …, viendo a la fe casi como una especie de castigo, o en todo caso, una imposición difícil de sobrellevar. Según este punto de vista, la fe no facilitaría la salvación, sino que la haría más difícil. Ser feliz significaría no estar agobiado por tener que creer o tener que someterse al yugo moral de la fe de la Iglesia católica. La conciencia errónea, que facilita la vida y marca un rumbo más humano, sería entonces una verdadera gracia. La falsedad, manteniendo la verdad a raya, sería mejor para el hombre que la verdad. No sería la verdad la que le haría libre, sino que tendría que liberarse de la verdad. El hombre estaría más a gusto en la oscuridad que en la luz. La fe no sería el buen regalo del buen Dios, sino una aflicción. Si este fuera el estado de las cosas, ¿cómo podría la fe dar lugar a la alegría? ¿Quién tendría el valor de transmitir la fe a otros? ¿No sería mejor ahorrarles la verdad o incluso alejarlos de ella?

Sin el ancla de la verdad objetiva, «los supuestos pronunciamientos de la conciencia» no son sino » el reflejo de las circunstancias sociales». «Ninguna puerta o ventana conduciría desde el sujeto al mundo más amplio de. …la solidaridad humana».

Estos documentos están disponibles desde hace décadas, aclarando la auténtica enseñanza de la Iglesia sobre la conciencia. Entonces, ¿por qué seguimos escuchando a los sacerdotes decir a la gente que los católicos sólo deben «seguir su conciencia» indiferentes a la verdad y a la enseñanza de la Iglesia? ¿Es que esta gente no lee?

¿Por qué también debemos tolerar declaraciones como ésta en un artículo (en The Washington Post del padre Pat Conroy, el sacerdote jesuita, que solía ser el capellán católico de la Cámara de Representantes de Estados Unidos) con un título que pretende explicar «por qué hay espacio para estar a favor del aborto en el catolicismo»?

¿Cómo llegamos, dentro de nuestro sistema constitucional, a nuestro valor católico en este caso, [cuando las mujeres tienen] el derecho a elegir? Es un valor estadounidense que cada uno de nosotros pueda elegir el destino de su vida. También es un valor católico. La elección es un valor altamente americano y es un valor de la Iglesia. [Tomás de Aquino dice que si tu conciencia dice que hagas algo que la Iglesia dice que es pecado, estás obligado a seguir tu conciencia. ¡Ese es Tomás de Aquino!

No, ese no es Tomás de Aquino (que vivió en el siglo XIII) y no es la enseñanza de la Iglesia. Para cubrirse las espaldas, Conroy escribió para aclararlo después de su entrevista: «no hay debate, en mi mente, sobre la tragedia del aborto» – bien, gracias, Padre. Pero añadió: «ella es la que debe tomar su decisión; nosotros no debemos hacerlo por ella».

¿Pero no es esta mujer la que toma la decisión por su hijo no nacido? ¿Y el padre Conroy está hablando realmente de conciencia? ¿O está valorando la «elección» a partir de un «reflejo de las circunstancias sociales», es decir, desde los valores que mantienen ciertos progresistas acomodados?

¿Es mucho pedir que estas personas, que pretenden ensenar, lean los documentos oficiales y que no den cobertura intelectual a los políticos que participan en el holocausto de niños inocentes?

 

 

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=4O-UZGnv9O0

Conscience as Freedom from Truth?

By Randall B. Smith

“This column first appeared on the website The Catholic Thing (www.thecatholicthing.org). Copyright 2022. All rights reserved. Reprinted with permission.”

Randall Smith

TUESDAY, JANUARY 11, 2022

“In the contemporary discussion on what constitutes the essence of morality and how it can be recognized, the question of conscience has become paramount, especially in the field of Catholic moral theology.” So said then-Cardinal Ratzinger in a 1991 address “Conscience and Truth.” This theme of the connection between conscience and truth, especially the truth about the human person, was repeated incessantly by both Popes John Paul II and Benedict XVI.

In Pope John Paul II’s encyclical Veritatis Splendor, the word “conscience” appears 108 times, mostly in contexts in which he was attempting to correct modern errors. As in this passage:

an opinion is frequently heard which questions the intrinsic and unbreakable bond between faith and morality, as if membership in the Church and her internal unity were to be decided on the basis of faith alone, while in the sphere of morality a pluralism of opinions and of kinds of behavior could be tolerated, these being left to the judgment of the individual subjective conscience or to the diversity of social and cultural contexts (VS, 4).

And again here:

Certain currents of modern thought have gone so far as to exalt freedom to such an extent that it becomes an absolute, which would then be the source of values. . . .The individual conscience is accorded the status of a supreme tribunal of moral judgment which hands down categorical and infallible decisions about good and evil. To the affirmation that one has a duty to follow one’s conscience is unduly added the affirmation that one’s moral judgment is true merely by the fact that it has its origin in the conscience. But in this way the inescapable claims of truth disappear, yielding their place to a criterion of sincerity, authenticity and “being at peace with oneself” (VS, 32).

So too, in that 1991 address, Cardinal Ratzinger tells the story of a colleague from his days as a professor who suggested that they “should actually be grateful” that God allows “so many unbelievers in good conscience. For if their eyes were opened and they became believers, they would not be capable, in this world of ours, of bearing the burden of faith with all its moral obligations. But as it is, since they can go another way in good conscience, they can reach salvation.” This exchange would have taken place in a German university in the mid-1950s, still very much in the shadow of the Shoah.

What was that colleague thinking? Thank goodness so many people were following Hitler “in good conscience”? Think of how unreasonable it would have been for the Church to demand these people bear “the burden of faith with all its moral obligations”!

What disturbed him most about this man’s comment, writes Ratzinger,

was the notion it harbored, that faith is a burden which can hardly be borne. . .faith almost as a kind of punishment, in any case, an imposition not easily coped with. According to this view, faith would not make salvation easier but harder. Being happy would mean not being burdened with having to believe or having to submit to the moral yoke of the faith of the Catholic Church. The erroneous conscience, which makes life easier and marks a more human course, would then be a real grace. . . .Untruth, keeping truth at bay, would be better for man than truth. It would not be the truth that would set him free, but rather he would have to be freed from the truth. Man would be more at home in the dark than in the light. Faith would not be the good gift of the good God but instead an affliction. If this were the state of affairs, how could faith give rise to joy? Who would have the courage to pass faith on to others? Would it not be better to spare them the truth or even keep them from it?

Without the anchor of objective truth, “the supposed pronouncements of conscience” become “but the reflection of social circumstances.” “No door or window would lead from the subject into the broader world of. . .human solidarity.”

These documents have been available for decades now, clarifying the Church’s authentic teaching about conscience. So why do we still hear priests tell people that Catholics need only “follow their conscience” indifferent to the truth and the teaching of the Church? Don’t these people read?

Why too must we tolerate statements like this in an article (in The Washington Post from Fr. Pat Conroy, the Jesuit priest who used to be the Catholic chaplain for the U.S. House of Representatives) with a title purporting to explain “why there’s room to be pro-choice in Catholicism”?

How do we, within our constitutional system, how do we get to our Catholic value in this case, [when women have] the right to choose. . . .It’s an American value that each one of us can choose where our life is going. That happens to be a Catholic value, too. . . .Choice is a highly American value and it’s a church value. [Twelfth-century (sic) Italian priest and Catholic philosophical giant] Thomas Aquinas says if your conscience says to do something the church says is a sin, you are bound to follow your conscience. That’s Thomas Aquinas!

No, that’s not Thomas Aquinas (who lived in the thirteenth century) and not Church teaching. To cover his bases, Conroy wrote to clarify after his interview: “there is no debate, in my mind, about the tragedy of abortion” – well, thanks, Father. But he added: “she is the one to make her choice; we should not make it for her.”

But isn’t this woman making the choice for her unborn child? And is Fr. Conroy really talking about conscience? Or is valuing “choice” as he does more a “reflection of social circumstances” – namely, the values of certain well-heeled progressives?

Is it too much to ask that these people read the official documents and that they not provide intellectual cover for politicians engaged in the Holocaust of innocent children?

Randall B. Smith is a Professor of Theology at the University of St. Thomas. He is the author of Reading the Sermons of Thomas Aquinas: A Guidebook for Beginners and Aquinas, Bonaventure, and the Scholastic Culture of Medieval Paris: Preaching, Prologues, and Biblical Commentary (2021). His website is: randallbsmith.com.

 

 

Comentarios

  1. La conciencia es el órgano espiritual en todo hombre, que le indica si sus acciones o intenciones son buenas o malas. En el primer caso, su seguimiento produce un sentimiento de paz. Por tanto, obrar contra el dictado de la conciencia produce un sentimiento de culpa y de amargura, que sólo puede ser resuelto por el perdón divino y a la vez mediante la eventual compensación del dano causado a otros.

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