Neoliberalismo ayer y hoy

 

https://www.youtube.com/watch?v=8jMBRAfpt3U

Peter Kopa, 7.6.2021

En vista de la gran actualidad del Neoliberalismo, ofrecemos unas reflexiones en torno al artículo de Rainer Hank (aparecido el 5.6.2021 en alemán en la Neue Zuercher Zeitung, Zuerich) quien fue jefe de redacción de economía y finanzas de la «Frankfurter Allgemeine Sonntagszeitung» hasta el verano de 2018. Vive como periodista en Frankfurt.

Introducción: la cuestión económica en sí misma

La gran cuestión de cómo entender, regular y controlar la actividad económica desde el Estado moderno es el ámbito reflexivo de toda una serie de escuelas políticas y económicas, que han sido puestas a prueba en el Occidente (Europa y USA) en los últimos doscientos años. Este arco de planteamientos va desde el extremo marxista-socialista hasta el capitalismo individualista liberal. Cuando estas construcciones intelectuales han sido acogidas por ideologías de acción concreta, han sido siempre pervertidas como meros instrumentos para alcanzar el máximo bien de la paz y justicia social, que supone la producción y reparto de los bienes equitativamente.

Así, por causas históricas bien conocidos, este sueño se convirtió en tragedia en el comunismo, en el nazismo y en las diversas formas de socialismo extremo, en la medida en que se ha sofocado la libertad e iniciativa del ciudadano. En cambio, en los ordenamientos políticos y económicos basados en la libertad y en las leyes naturales de la economía, han dado una abundancia inesperada de prosperidad estatal y personal. Ejemplos: el milagro económico alemán de Ludwig Erhard y Konrad Adenauer, la economía según el modelo americano en Chile después de Pinochet, la economía abierta europea y americana y su feliz copia en todo el Asia, logrando sacar de la extrema pobreza a más de mil millones de personas, en los últimos treinta años, sin mencionar a la China, que ha sabido también copiar este modelo sin admitirlo abiertamente.

El individuo es el principal protagonista de la producción económica, porque es él quien ha tenido el ingenio de un Edison, de un Steve Jobs y de tantísimos otros que mediante sus inventos y descubrimientos han logrado aumentar la productividad del trabajo humano por un factor de miles de porcientos, que crece día en día, y con ello han instaurado profundos procesos sociales con inmediata repercusión económica y política. Uno de miles de ejemplos en este sentido es la invención de la fuerza motriz (a vapor o a explosión de un combustible) que está en la base del industrialismo que comenzó hace a principios del siglo XIX. Y no se pueden olvidar aquí las ciencias y técnicas de la racionalización, de la informática electrónica y de la inteligencia artificial. Lo malo del marxismo, aún diluido en diversas formas de socialismos extremos, es que es el Estado el que lo tiene que hacer todo en el sentido de que el ciudadano no tiene a la libertad de inventar nada, ni de pensar libremente. El resultado es no sólo la paralización de todo progreso auténtico, sino la regresión en el bienestar, la confiscación de la propiedad privada etc.

El Neoliberalismo, el gran chivo expiatorio

En el extremo opuesto al marxismo se sitúan las escuelas de pensamiento que valoran al individuo humano libre en un mercado económico abierto, auto regulado por la libre competencia, bajo la vigilancia del Estado. Su función es no permitir que la competencia sea objeto de abuso de parte de actores económicos más fuertes. Pero, aun así, estos sistemas económicos, que podemos situarlos bajo el epígrafe conceptual de capitalismo, han dado lugar a críticas comprensibles, como el no querer pagar impuestos, el manifestar un protagonismo económico egoísta, el no querer atender a los pobres, el faltarle solidaridad y comprensión, afirmando que el egoísmo es bueno porque anima fuertemente el empeño personal y empresarial.

Por estos motivos, en los ambientes intelectuales de Occidente predomina la convicción de que el neoliberalismo tiene que ser repensado. En realidad, esta actitud crítica se puede comprobar de forma creciente desde 1980, pero hasta ahora no ha sido posible o no hay sistemas económicos mejores. En el fondo se ven continuamente los grandes logros económicos del capitalismo, que viene a ser como la columna vertebral del neoliberalismo, que ha permitido una prosperidad material nunca vista en Occidente, y, a la vez, este modelo económico ha sido abrazado paulatinamente en todo el mundo, desde finales de la última guerra mundial.

 

Triunfo y tragedia del neoliberalismo

Rainer Hanke cita con acierto a Harold James, historiador económico que enseña en la Universidad de Princeton, quien ha demostrado en un brillante ensayo en la revista ´Capitalism´ (primavera de 2020) hasta qué punto el neoliberalismo debe entenderse como una respuesta a la ola de desglobalización que siguió a la Gran Depresión. El objetivo de estos intelectuales de máximo prestigio (entre ellos Ludwig von Mises, Friedrich August von Hayek, Raymond Aron y Wilhelm Röpke) era diseñar mercados abiertos y dinámicos y no por eso menos civilizados, para un mundo amenazado por un creciente nacionalismo y corrientes populistas radicales.

La fallida historia de las ideas del neoliberalismo es una tragedia que, desde su elaboración, no han conseguido que los izquierdistas y los conservadores las acepten como un modelo económico justo. El economista de Harvard Alberto Alesina, tristemente fallecido a temprana edad, promovió incansablemente la idea de que «la izquierda debe aprender a amar el liberalismo» porque no sólo es eficiente sino también socialmente justo luchar contra las argucias de los privilegios y del proteccionismo en el día a día de la política económica concreta. El neoliberalismo con sus mercados abiertos, su primacía de la competencia, en un marco regulatorio estatal, sigue asegurando la prosperidad de las naciones mejor que cualquier intervencionismo estatal. China desde los años 80 es el mejor ejemplo. Pero, ¿quién se atrevería a alabar a China por su giro neoliberal? En el mejor de los casos, el neoliberalismo puede triunfar de incógnito.

 

 

 

Neoliberalism yesterday and today

https://www.youtube.com/watch?v=8jMBRAfpt3U

Peter Kopa, 7.6.2021

In view of the great actuality of Neoliberalism, we offer some reflections on the article by Rainer Hank (appeared on 5.6.2021 in German in the Neue Zuercher Zeitung, Zuerich) who was editor-in-chief for economics and finance of the «Frankfurter Allgemeine Sonntagszeitung» until the summer of 2018. He lives as a journalist in Frankfurt.

Introduction: the economic question in itself

The big question of how to understand, regulate and control economic activity from the modern state is the reflexive domain of a whole series of political and economic schools, which have been put to the test in the West (Europe and USA) in the last two hundred years. This arc of approaches ranges from the Marxist-socialist extreme to liberal individualist capitalism. When these intellectual constructions have been accepted by ideologies of concrete action, they have always been perverted as mere instruments to reach the maximum good of peace and social justice, which supposes the production and distribution of goods equitably.

Thus, for well-known historical reasons, this dream turned into tragedy in communism, in Nazism and in the various forms of extreme socialism, to the extent that the freedom and initiative of the citizen has been stifled. On the other hand, in political and economic systems based on freedom and the natural laws of economics, they have produced an unexpected abundance of state and personal prosperity. Examples: the German economic miracle of Ludwig Erhard and Konrad Adenauer, the economy according to the American model in Chile after Pinochet, the European and American open economy and its happy copy throughout Asia, managing to lift more than a billion people out of extreme poverty in the last thirty years, not to mention China, which has also been able to copy this model without openly admitting it.

The individual is the main protagonist of economic production, because it is he who has had the geniality of an Edison, a Steve Jobs and so many others who through their inventions and discoveries have managed to increase the productivity of human labor by a factor of thousands of percent, which grows day by day, and with it have established profound social processes with immediate economic and political repercussions. One of thousands of examples in this sense is the invention of the motor power (steam or fuel explosion) which is at the basis of the industrialism that began at the beginning of the 19th century. And we cannot forget here the sciences and techniques of rationalization, electronic computing and artificial intelligence. The bad thing about Marxism, still diluted in various forms of extreme socialism, is that it is the State that has to do everything in the sense that the citizen is not free to invent anything, nor to think freely. The result is not only the paralysis of all authentic progress, but the regression in welfare, the confiscation of private property, etc.

 

Neoliberalism, the great scapegoat

At the opposite extreme to Marxism are the schools of thought that value the free human individual in an open economic market, self-regulated by free competition, under the surveillance of the State. Its function is not to allow competition to be abused by stronger economic actors. But even so, these economic systems, which we can place under the conceptual heading of capitalism, have given rise to understandable criticisms, such as not wanting to pay taxes, manifesting a selfish economic protagonism, not wanting to care for the poor, lacking solidarity and understanding, affirming that selfishness is good because it strongly encourages personal and entrepreneurial endeavor.

For these reasons, there is a prevailing conviction in Western intellectual circles that neoliberalism needs to be rethought. In fact, this critical attitude has been increasingly evident since 1980, but so far it has not been possible or there are no better economic systems. In the background, the great economic achievements of capitalism, which is like the backbone of neoliberalism, which has allowed a material prosperity never seen before in the West, and, at the same time, this economic model has been gradually embraced all over the world, since the end of the last world war.

 

Triumph and tragedy of neoliberalism

Rainer Hanke rightly quotes Harold James, an economic historian who teaches at Princeton University, who has shown in a brilliant essay in the journal ‘Capitalism’ (Spring 2020) to what extent neoliberalism must be understood as a response to the wave of de-globalization that followed the Great Depression. The aim of these top intellectuals (among them Ludwig von Mises, Friedrich August von Hayek, Raymond Aron and Wilhelm Röpke) was to design open and dynamic, yet no less civilized, markets for a world threatened by growing nationalism and radical populist currents.

The failed history of the ideas of neoliberalism is a tragedy that, since their elaboration, they have not succeeded in getting leftists and conservatives to accept them as a fair economic model. Harvard economist Alberto Alesina, who sadly passed away at a young age, tirelessly promoted the idea that «the left must learn to love liberalism» because it is not only efficient but also socially just to fight against the chicanery of privilege and protectionism in day-to-day concrete economic policy. Neoliberalism with its open markets, its primacy of competition, within a state regulatory framework, continues to ensure the prosperity of nations better than any state interventionism. China since the 1980s is the best example. But who would dare praise China for its neoliberal turn? At best, neoliberalism can succeed incognito.

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