La tiranía de los medios digitales.

 

https://www.youtube.com/watch?v=m9BiTV9vvZ4

English version below.

14.4.2021 NZZ

En el diario impreso NZZ de Zúrich ha sido publicado, el 8.7.2020 un artículo de Turner, profesor de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Stanford, USA, sobre el riesgo del totalitarismo estatal basado en los medios digitales. Ofrecemos las afirmaciones más importantes de esta colaboración y algunos comentarios nuestros.

Los principales empresarios del Silicon Valley -desde Steve Jobs hasta Mark Zuckerberg- han declarado que los medios digitales contribuyen a una sociedad más igualitaria, más colaborativa y totalmente libre de tiranía estatal. A estas alturas, quizás no deberían estar tan seguros. Porque en los últimos años, la gente de todo el mundo ha empezado a darse cuenta de una sorprendente ironía: Los mismos aspectos de los medios digitales que se creía que harían nuestras sociedades más democráticas, están en proceso de socavar las instituciones y normas democráticas.

Vigilancia y desinformación

La supuesta manifestación de las voces de todos los individuos olvidados, a través de las redes sociales, no ha ampliado realmente el ámbito de la esfera pública, sino que ha dado lugar a una gran cacofonía. La facilidad con la que se pueden alterar las imágenes y los textos digitales está erosionando gradualmente nuestra confianza hasta en los hechos mismos. En USA, uno puede sentir que los fundamentos sociales y culturales del debate democrático, y con ello el estado democrático mismo, empiezan a resquebrajarse.

Al mismo tiempo, están surgiendo las bases de una nueva forma de gobierno autoritario a nivel global. Los Estados no sólo están desarrollando y utilizando sus propias tecnologías, para fines de vigilancia y propaganda, sino que también están favoreciendo a que se imponga el funcionamiento de las empresas tecnológicas nacionales e internacionales.

Algunos ejemplos: El gobierno de Arabia Saudita rastrea a sus opositores con una tecnología de vigilancia desarrollada y fabricada en Israel. Para hacer un seguimiento exhaustivo de cada uno de sus ciudadanos de forma individual, la República Popular China utiliza Wechat, un sistema que se emplea en todos los momentos y situaciones de la vida, desde los pagos hasta los acuerdos o la difusión de las noticias. Y en Estados Unidos, empresas como Palantir trabajan mano a mano con las fuerzas gubernamentales, desde las agencias de policía locales hasta la Administración de Seguridad Nacional (NSA).

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Los Estados democráticos, por tanto, aprovechan las nuevas tecnologías, lo cual es tan paradójico como trágico: las mismas tecnologías que tienen el potencial de promover la libertad de expresión individual también pueden diluirla.  Y esto porque pueden utilizarse para vigilar a toda la población, acumular datos que permiten el control de su comportamiento y desarrollar algoritmos que contrarresten las potenciales amenazas mediante su predicción.

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Situación en la China

Las tecnologías digitales han ampliado dramáticamente las capacidades del Estado Chino en todas estas dimensiones. Las redes inalámbricas que permiten a las masas hablar on line, hacen posible al Estado a seguir sus actividades a nivel individual con extraordinaria precisión.

Cada acción de un usuario de instrumentos digitales crea un rastro electrónico. Y como estos rastros son de naturaleza electrónica, requieren poco espacio de almacenamiento. Los almacenes llenos de archivos de papel, típicos de las políticas de vigilancia de los estados pre-digitales, pueden ahora ser sustituidos por discos duros del tamaño de una caja de zapatos. De este modo, los datos se acumulan, se analizan y se vuelven a poner al instante en circulación. Y utilizando el aprendizaje automático y la inteligencia artificial, estos conjuntos de datos son capaces de predecir casi en tiempo real quién podría actuar contra el Estado.

Esto anima al gobierno chino a permitir e incluso provocar que los individuos expresen sus opiniones en la red, que los ciudadanos lo interpretan como una mayor libertad. Al mismo tiempo, sin embargo, esto permite al Estado rastrear las protestas emergentes y cortarlas de raíz, primero borrando los mensajes digitales y luego castigando a sus autores. También le permite pagar a muchos miles de usuarios para que inunden el Internet chino con contenidos y mails progubernamentales, para hacer creer que se trata de acciones democráticas totalmente espontáneas. Esta fiesta de los 50 céntimos, como se llama irónicamente a estas medidas, aumenta enormemente la popularidad del Estado y hace cada vez más difícil oponerse a él.

Pero la estrategia estatal más eficaz en materia de tecnología digital es vincular diferentes tipos de datos. En la provincia de Xinjiang, por ejemplo, el gobierno ha tratado de domar a una minoría inquieta de esta manera. Así, el Estado ha implementado un amplio sistema de vigilancia por vídeo, drones con cámaras y rastreadores GPS para seguir los movimientos de cada ciudadano.

Reuniendo diversas fuentes de datos y utilizando técnicas como el reconocimiento facial, los sensores de huellas dactilares y las pruebas de ADN, el gran hermano chino consigue vigilar y controlar a la población regional con un extraordinario grado de precisión individual. En cuanto los datos hacen sospechar que alguien se ha pasado de raya, se llama inmediatamente a la policía al sitio en cuestión.

Sin embargo, el sistema chino no es perfecto. Al fin y al cabo, sigue siendo desarrollado y operado por seres humanos falibles, y sostiene un complejo régimen estatal que, como cualquier otro, sufre conflictos internos. Por otro lado, este régimen es sumamente poderoso. Y, por tanto, nos abre los ojos y nos muestra un posible triste futuro para las democracias occidentales.

Una perspectiva

También en los Estados democráticos occidentales ya existe una red de vigilancia eficaz. Basta con pensar en los datos que Facebook ha recopilado de sus usuarios, o en los datos que Google adquiere en un día lleno de consultas de búsqueda.

Esto, naturalmente, da lugar a una tentación en los Estados. Podrían, en tiempos de crisis, exigir a las empresas la entrega de sus datos o algoritmos bajo amenaza de intervención forzosa. O simplemente podrían obligar a esas empresas a cooperar mediante una regulación adecuada. Un Estado, y especialmente un Estado autoritario, tiene un apetito casi infinito por la tecnología informática y el poder que permite. Es fácil imaginar el dinero que las empresas digitales pudiesen ganar a cambio de satisfacer estas necesidades digitales.

La colaboración relevante de las empresas digitales con el Estado en USA no parece aún igualar el nivel de centralización controlada por el Estado que vemos en la China. Pero podría llegar a esto muy rápidamente. Eso sería -como se mencionó al principio- una especie de ironía de la historia reciente. Los ciudadanos tendrían que resignarse con el hecho de que su deseo de avanzar en la libertad individual ha contribuido a establecer una nueva forma de poder estatal, dirigido hasta el más mínimo detalle.

 

 

 

 

 

14.4.2021 NZZ

The tyranny of digital media.

https://www.youtube.com/watch?v=m9BiTV9vvZ4

An article by Turner, Professor of Communication Science at Stanford University, USA, on the risk of state totalitarianism based on digital media, was published in the Zurich-based print newspaper NZZ on 8.7.2020. We offer the most important statements of this collaboration and some comments of our own.

Leading Silicon Valley entrepreneurs – from Steve Jobs to Mark Zuckerberg – have declared that digital media contribute to a society that is more egalitarian, more collaborative and totally free of state tyranny. By now, perhaps they shouldn’t be so sure. For in recent years, people around the world have begun to realize a striking irony: The very aspects of digital media that were thought to make our societies more democratic are in the process of undermining democratic institutions and norms.

Surveillance and disinformation

The supposed manifestation of the voices of all forgotten individuals, through social networks, has not really expanded the scope of the public sphere, but has instead resulted in a great cacophony. The ease with which digital images and texts can be altered is gradually eroding our trust even in the facts themselves. In the USA, one can sense that the social and cultural foundations of democratic debate, and with it the democratic state itself, are beginning to crack.

At the same time, the foundations of a new form of authoritarian governance are emerging globally. States are not only developing and using their own technologies, for surveillance and propaganda purposes, but are also favoring the operation of national and international technology companies to be imposed.

Some examples: The Saudi Arabian government tracks its opponents with surveillance technology developed and manufactured in Israel. The People’s Republic of China uses Wechat, a system that is used in all moments and situations of life, from payments to agreements to the dissemination of news, to keep track of each of its citizens individually. And in the United States, companies like Palantir work hand-in-hand with government forces, from local law enforcement agencies to the National Security Administration (NSA).

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Democratic states, therefore, take advantage of new technologies, which is as paradoxical as it is tragic: the very technologies that have the potential to promote individual freedom of expression can also dilute it.  And this because they can be used to monitor the entire population, accumulate data that enable monitoring of their behavior and develop algorithms that counter potential threats by predicting them.

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Situation in China

Digital technologies have dramatically expanded the capabilities of the Chinese state in all these dimensions. Wireless networks that allow the masses to talk online make it possible for the state to track their activities at the individual level with extraordinary precision.

Every action of a user of digital instruments creates an electronic trace. And because these traces are electronic in nature, they require little storage space. The warehouses full of paper files, typical of the surveillance policies of pre-digital states, can now be replaced by hard disks the size of a shoebox. In this way, data is accumulated, analyzed and instantly put back into circulation. And using machine learning and artificial intelligence, these data sets are able to predict almost in real time who might act against the state.

This encourages the Chinese government to allow and even provoke individuals to express their opinions online, which citizens interpret as greater freedom. At the same time, however, this allows the state to track emerging protests and nip them in the bud, first by deleting digital messages and then punishing their authors. It also allows it to pay many thousands of users to flood the Chinese Internet with pro-government content and mails, to make believe that these are entirely spontaneous democratic actions. This 50-cent party, as these measures are ironically called, greatly increases the popularity of the state and makes it increasingly difficult to oppose it.

But the most effective state strategy in digital technology is to link different types of data. In Xinjiang province, for example, the government has tried to tame a restive minority in this way. Thus, the state has implemented an extensive system of video surveillance, camera drones and GPS trackers to follow the movements of every citizen.

Gathering various data sources and using techniques such as facial recognition, fingerprint sensors and DNA testing, China’s big brother manages to monitor and control the regional population with an extraordinary degree of individual precision. As soon as the data leads to the suspicion that someone has crossed the line, the police are immediately called to the site in question.

However, the Chinese system is not perfect. After all, it is still developed and operated by fallible human beings, and it supports a complex state regime that, like any other, suffers from internal conflicts. On the other hand, this regime is extremely powerful. And, therefore, it opens our eyes and shows us a possible sad future for Western democracies.

 

A perspective

An effective surveillance network already exists in Western democratic states as well. Just think of the data that Facebook has collected from its users, or the data that Google acquires in a day full of search queries.

This naturally gives rise to a temptation in the States. They could, in times of crisis, demand that companies hand over their data or algorithms under threat of forced intervention. Or they could simply force those companies to cooperate through appropriate regulation. A state, and especially an authoritarian state, has an almost infinite appetite for information technology and the power it enables. It is easy to imagine the money that digital companies could make in exchange for satisfying these digital needs.

The relevant collaboration of digital companies with the state in the USA does not yet seem to match the level of state-controlled centralization we see in China. But it could get to this very quickly. That would be – as mentioned at the beginning – a kind of irony of recent history. Citizens would have to resign themselves to the fact that their desire to advance individual freedom has contributed to the establishment of a new form of state power, directed down to the smallest detail.

 

 

 

 

 

 

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