El engaño del Lockdown

El Estado de Miami contra el lockdown:

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Ofrecemos la traducción de un artículo publicado en Zúrich el 1.4.2021, en la ´Neue Zurcher Zeitung´, del catedrático Michael Esfeld, Prof. de Filosofía en la Universidad de Lausana, miembro de la Leopoldina y del Consejo Académico del Instituto Liberal.

El mundo libre se enfrenta a una disyuntiva trascendental: ¿son las libertades negociables o no?  Ahora es el momento para releer a Karl Popper y aplicar sus ideas a nuestro presente ingenuo. En nuestro artículo La ´Barrington Declaration´ contra el ´lockdown´ abordamos este asunto que fue silenciado por los ´mainstream-media´, como también en otras contribuciones. Presentamos continuación una contribución al debate sobre lo que está pasando en torno al paro económico y social mundial.

 

Si se establece el principio de que todo el mundo tiene la obligación de demostrar que sus acciones no contribuyen a la propagación de un virus o al daño del clima, se pone a todo el mundo bajo sombra de la sospecha general.

En 1945 se publicó la obra maestra de la filosofía política de Karl Popper «La sociedad abierta y sus enemigos». Este libro fue uno de los fundamentos intelectuales del rumbo político marcado por los discursos de Winston Churchill en Fulton (Missouri) y Zúrich en 1946: la formación de una comunidad occidental de Estados basada en la libertad y en el Estado de Derecho, opuesto al totalitarismo del imperio soviético. Este rumbo marcó la política y la sociedad durante más de cuatro décadas. En 1989, no parecía necesario un nuevo rumbo: la libertad y el Estado de Derecho se habían impuesto. Y esta suposición fue un error. El rumbo político se está definiendo recién ahora, en 2021.

La sociedad abierta se caracteriza por reconocer a todo ser humano como persona que tiene una dignidad inalienable. De ahí surgen los derechos fundamentales, que son derechos de defensa contra la injerencia externa en la propia vida. El Estado ha de ser un estado constitucional que protege estos derechos; no dirige la sociedad, sino que respeta la autonomía de las personas para que configuren sus relaciones sociales libremente.

Según Popper, los enemigos intelectuales de la sociedad abierta son aquellos que se arrogan tener conocimiento de un cierto bien común distinto; sobre la base de este conocimiento pretenden luego dirigir la sociedad hacia ese bien elegido por ellos, considerándose autorizados a prescindir de los derechos fundamentales, alegando que estaría en juego la existencia misma del hombre. Sin embargo, estos enemigos de la sociedad abierta han quedado expuestos por los asesinatos en masa, que según ellos resultaron inevitables en el siglo XX, en el camino hacia la realización del supuesto bien común distinto. Estas ideas y sus consecuencias políticas pertenecen a la historia de los hechos.

La libertad y el bien

Sin embargo, nos enfrentamos hoy de nuevo a la elección entre una sociedad abierta y el totalitarismo. La elección de las palabras no es un juego de conceptos verbales, sino muy precisa: en ciencia política, el totalitarismo se refiere a una forma de gobierno en la que el Estado, en nombre de una ideología superior, gobierna en todas las relaciones sociales, sin fronteras ni barreras.

Los enemigos actuales de la sociedad abierta lo hacen igual como aquellos que critica Popper: absolutizan ciertos valores, como es el caso de la protección de la salud o del clima. Para esto, una alianza de expertos y políticos afirma saber cómo dirigir la vida social y la familiar e individual, para asegurar estos valores. Así se enarbola un bien social superior – como es la protección de la salud, las condiciones de vida de las generaciones futuras – quedando la dignidad humana individual y los derechos básicos invalidados.

 

La estrategia del engaño consiste en utilizar los problemas actuales como una oportunidad para construir crisis existenciales: un virus asesino que anda por ahí, una crisis climática que amenazaría la existencia de la humanidad etc. El miedo que se provoca de esta manera se aprovecha luego para ganar aceptación política y para dejar de lado los valores básicos de nuestra convivencia – como en los totalitarismos que Popper critica. Al fin y al cabo, no son personas malas las que hacen cosas malas, sino que siempre se piensa que se trata personas con buenas intenciones – quienes por convicción de un valor amenazado que se valora existencialmente importante – las que provocan procesos que a la larga pueden tener consecuencias devastadoras.

Este mecanismo golpea el corazón de la sociedad abierta, porque se está jugando con un problema bien conocido, el de las externalidades. ¿Qué significa esto? La libertad de uno termina cuando amenaza la libertad de los demás. Los actos de una persona, incluidos los contratos que hace, repercuten en terceras personas ajenas a estas relaciones, cuya libertad para configurar su vida se ve afectada por estos actos. Y estos factores externos se pueden definir tan ampliamente como se quiera.

Los nuevos enemigos de la sociedad abierta están avivando el miedo a la propagación de una supuesta plaga del siglo – dándose por descontado, que cualquier forma de contacto físico puede contribuir a la propagación del coronavirus. O bien atizan el miedo a una supuesta catástrofe climática, asumiéndose, por supuesto, que toda acción del individuo tiene un impacto en el medio ambiente no humano y, por tanto, puede contribuir al cambio climático. En consecuencia, se supone que todo el mundo debe demostrar que sus acciones no contribuyen involuntariamente a la propagación de un virus o al daño del clima, etc. – la lista podría ampliarse indefinidamente. De este modo, todas las personas son puestas bajo la sospecha general de poder perjudicar a los demás con todo lo que hacen. Las personas sólo pueden liberarse de esta sospecha generalizada adquiriendo un certificado que las exima, como un pasaporte de vacunación o un pasaporte social en general.

Los nuevos reyes filósofos

La disyuntiva a la que nos enfrentamos es, por tanto, o bien una sociedad abierta, que reconoce incondicionalmente a todos como personas, o una sociedad cerrada a cuya vida social se accede a través de un certificado, cuyas condiciones son definidas por ciertos expertos oficiales, como lo fueron en su día los reyes-filósofos de Platón. Al igual que estos últimos, cuyas pretensiones de conocimiento fueron desacreditadas por Popper, sus descendientes actuales no tienen ningún conocimiento que les dé derecho a establecer tales condiciones sin arbitrariedad.

Ahora hay numerosos estudios que demuestran que los cierres o Lockdown no suponen una diferencia estadísticamente significativa en la lucha contra la pandemia del coronavirus. Las sociedades abiertas siempre han combatido con éxito pandemias de magnitudes comparables con medios puramente médicos y no con represalias políticas. Lo mismo ocurre con muchas de las condiciones que se exigen para supuestamente salvar el clima en base a definiciones arbitrarias de lo que se supone que es sostenible en cada caso. Los hechos demuestran que las emisiones de CO2 en los países industrializados sin transición energética (Francia, Inglaterra, Estados Unidos) han disminuido en el mismo porcentaje, en los últimos veinte años, que en los países con transición energética (Alemania). El factor decisivo es la innovación tecnológica en lugar de la curatela paternalista estatal; de nuevo, una sociedad abierta ofrece las mejores condiciones para ello.

Al igual que los antiguos enemigos, los nuevos enemigos de la sociedad abierta provienen de su interior. Aparentemente, a algunos científicos e intelectuales les resulta difícil admitir que no tienen conocimientos normativos nuevos para guiar a la sociedad. Para los políticos en ejercicio, lo mejor es no hacer nada y dejar que la vida de la gente siga su curso. Así es como se presenta la oportunidad, que aparece justo en el momento adecuado, para reconvertir los viejos desafíos en nuevas crisis existenciales, atizando el miedo con cálculos de modelos pseudocientíficos, pensados para conducir a pronósticos catastróficos. Así es como los científicos pueden ponerse en el candelero con demandas políticas a las que el supuesto estado de excepción no pone límites legales. A través de la falsa legitimación científica, los políticos pueden obtener el poder de intervenir en la vida de las personas que nunca hubiesen podido lograr por medios democráticos y constitucionales. A ellos se unen de buen grado los agentes económicos que se benefician de esta política y pueden trasladar los riesgos de sus empresas al contribuyente fiscal.

El nuevo estado de control

El asunto sobre el que aquí reflexionamos es antiguo. Es inherente al Estado mismo, que se limita puramente a la protección: para proteger eficazmente a todos ante la violencia, tendría que ser posible conocer el paradero de todos y en todo momento; para proteger eficazmente la salud de todos, ante la infección virus, tendría que ser posible vigilar los contactos físicos de todos en cada instante. El control puede ser ejecutado por del gobierno o por entidades privadas, lo cual es, en última instancia, irrelevante. La cuestión de fondo es el totalitarismo del control omnímodo, en el que incluso pueden caer los estados y los ordenamientos sociales liberales, si se permite que las externalidades se definan de forma tan arbitraria que al final todo el mundo, con todas sus acciones, esté bajo la sospecha general y permanente de perjudicar a los demás.

Esto sólo puede contrarrestarse volviendo a una visión esencial de lo que es el hombre, basada en la libertad, en la dignidad humana y en los derechos fundamentales con una validez incondicional. Este es el fundamento de la sociedad abierta en el sentido de Popper. Desde esta base se podrán luego limitar las externalidades si infieren daños concretos y significativos a la libertad de los demás, lo cual entonces justificaría las intervenciones externas en el comportamiento de las personas. Si, por el contrario, se abandona esta base, se causará un gran perjuicio a la inmensa mayoría y el beneficio favorecerá únicamente en las élites de quienes se benefician de las condiciones que regulan el acceso a la sociedad cerrada.

Ya es hora de que tomemos conciencia de la disyuntiva ante la que nos encontramos. Esto requiere una visión objetiva y valiente, no impulsada por el miedo.

 

 

The Estate of Miami is against the lockdown:

https://www.theepochtimes.com/mkt_breakingnews/desantis-lockdowns-were-a-huge-mistake_3777926.html?&utm_source=newsnoe&utm_medium=email&utm_campaign=breaking-2021-04-16-1&mktids=d8630dd65bdcb7e33ee18e42e2e146ec&est=NZLqVLR5yohqZviC6r2QlrO4aRLSnQ1CWHEZOK6AlayCPbf4JGb19pRdddEwr%2BCP3Q%3D%3D

The Lockdown Hoax.

We offer a translation of an article published in Zurich on 1.4.2021, in the ‘Neue Zurcher Zeitung’, by Professor Michael Esfeld, Prof. of Philosophy at the University of Lausanne, member of the Leopoldina and of the Academic Council of the Liberal Institute.

The free world is facing a momentous dilemma: are freedoms negotiable or not?  Now is the time to reread Karl Popper and apply his ideas to our naïve present. In our article The Barrington Declaration against the lockdown we addressed this issue that was silenced by the mainstream-media, as well as in other contributions. The following is a contribution to the debate on what is going on around the global economic and social strike.

 

If the principle is established that everyone has the obligation to prove that their actions do not contribute to the spread of a virus or damage to the climate, everyone is placed under the shadow of general suspicion.

In 1945 Karl Popper’s masterpiece of political philosophy «The Open Society and its Enemies» was published. This book was one of the intellectual foundations of the political course set by Winston Churchill’s speeches in Fulton (Missouri) and Zurich in 1946: the formation of a Western community of states based on freedom and the rule of law, as opposed to the totalitarianism of the Soviet empire. This course shaped politics and society for more than four decades. In 1989, there seemed to be no need for a new course: freedom and the rule of law had prevailed. And this assumption was wrong. The political course is only now being defined, in 2021.

An open society is characterized by the recognition of every human being as a person with inalienable dignity. This gives rise to fundamental rights, which are rights of defense against external interference in one’s own life. The state must be a constitutional state that protects these rights; it does not direct society, but respects the autonomy of individuals to shape their social relations freely.

According to Popper, the intellectual enemies of the open society are those who claim to have knowledge of a certain distinct common good; on the basis of this knowledge, they then seek to direct society towards that good of their choice, considering themselves authorized to dispense with fundamental rights, claiming that the very existence of man would be at stake. However, these enemies of the open society have been exposed by the mass murders, which according to them became inevitable in the 20th century, on the way to the realization of the supposedly distinct common good. These ideas and their political consequences belong to the history of facts.

Freedom and the good

Today, however, we are again faced with the choice between an open society and totalitarianism. The choice of words is not a play on verbal concepts, but very precise: in political science, totalitarianism refers to a form of government in which the state, in the name of a superior ideology, rules in all social relations, without borders or barriers.

Today’s enemies of the open society do the same as those criticized by Popper: they absolutize certain values, such as health or climate protection. For this, an alliance of experts and politicians claim to know how to manage social, family and individual life in order to secure these values. In this way, a higher social good – such as the protection of health and the living conditions of future generations – is being promoted, while individual human dignity and basic rights are being overridden.

 

The strategy of deception consists in using current problems as an opportunity to construct existential crises: a killer virus that is going around, a climate crisis that would threaten the existence of humanity, etc. The fear provoked in this way is then exploited to gain political acceptance and to set aside the basic values of our coexistence – as in the totalitarianisms that Popper criticizes. After all, it is not bad people who do bad things, but always people with good intentions – who out of conviction for a threatened value that is valued as existentially important – who provoke processes that in the long run can have devastating consequences.

This mechanism strikes at the heart of open society, because it is playing with a well-known problem, that of externalities. What does this mean? One’s freedom ends when it threatens the freedom of others. A person’s actions, including the contracts he or she makes, have an impact on third parties outside these relationships, whose freedom to shape their lives is affected by these actions. And these external factors can be defined as broadly as you like.

The new enemies of the open society are stoking fear of the spread of a supposed plague of the century – taking it for granted that any form of physical contact can contribute to the spread of the coronavirus. Or they stoke fear of a supposed climate catastrophe, assuming, of course, that every action of the individual has an impact on the non-human environment and, therefore, can contribute to climate change. Consequently, everyone is supposed to prove that his or her actions do not unintentionally contribute to the spread of a virus or to climate damage, etc. – the list could be extended indefinitely. In this way, all people are placed under the general suspicion of being able to harm others with everything they do. People can only free themselves from this generalized suspicion by acquiring a certificate exempting them, such as a vaccination passport or a general social passport.

The new philosopher kings

The dilemma we face is, therefore, either an open society, which unconditionally recognizes everyone as a person, or a closed society whose social life is accessed through a certificate, the conditions of which are defined by certain official experts, as Plato’s philosopher-kings once were. Like the latter, whose claims to knowledge were discredited by Popper, their present-day descendants have no knowledge that would entitle them to establish such conditions without arbitrariness.

There are now numerous studies showing that lockdowns make no statistically significant difference in the fight against the coronavirus pandemic. Open societies have always successfully fought pandemics of comparable magnitude with purely medical means and not with political retaliation. The same is true for many of the conditions that are demanded to supposedly save the climate based on arbitrary definitions of what is supposed to be sustainable in each case. The facts show that CO2 emissions in industrialized countries without energy transition (France, England, USA) have decreased by the same percentage in the last twenty years as in countries with energy transition (Germany). The decisive factor is technological innovation instead of paternalistic state care; again, an open society offers the best conditions for this.

Like the old enemies, the new enemies of the open society come from within. Apparently, some scientists and intellectuals find it difficult to admit that they have no new normative knowledge to guide society. For incumbent politicians, the best thing to do is to do nothing and let people’s lives take their course. This is how the opportunity presents itself, appearing just at the right moment, to reconvert old challenges into new existential crises, stoking fear with pseudoscientific model calculations, designed to lead to catastrophic forecasts. This is how scientists can put themselves in the limelight with political demands to which the supposed state of exception places no legal limits. Through false scientific legitimization, politicians can obtain the power to intervene in people’s lives that they would never have been able to achieve by democratic and constitutional means. They are willingly joined by economic agents who benefit from this policy and can transfer the risks of their enterprises to the taxpayer.

 

The new state of control

The issue we are reflecting on here is an old one. It is inherent to the State itself, which is limited purely to protection: to effectively protect everyone against violence, it would have to be possible to know the whereabouts of everyone at all times; to effectively protect the health of everyone against virus infection, it would have to be possible to monitor the physical contacts of everyone at every moment. Monitoring can be carried out by the government or by private entities, which is ultimately irrelevant. The underlying issue is the totalitarianism of all-pervasive control, into which even states and liberal social orders can fall, if externalities are allowed to be so arbitrarily defined that in the end everyone, with all their actions, is under general and permanent suspicion of harming others.

This can only be countered by returning to an essential vision of what man is, based on freedom, human dignity and fundamental rights with unconditional validity. This is the foundation of the open society in Popper’s sense. On this basis, externalities can then be limited if they inflict concrete and significant harm on the freedom of others, which would then justify external interventions in people’s behavior. If, on the other hand, this basis is abandoned, great harm will be caused to the vast majority and the benefit will accrue only to the elites of those who benefit from the conditions that regulate access to the closed society.

It is high time that we become aware of the dilemma we are facing. This requires an objective and courageous vision, not one driven by fear.

 

 

 

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