El hombre y Dios en Mark Helprin

16.11.2020

https://www.youtube.com/watch?v=xcUxtZzi9Gs

Extracto del cuento de Mark Helprin, ´ Winter’s Tale´. Helprin es uno de los grandes escritores de USA en la actualidad. Su grandioso estilo literario expresa las grandes verdades que siempre han vibrado en el judaísmo y en el cristianismo, que iluminan con luces nuevas la vida y ventura de nuestra vida de hoy.  El original de esta traducción al español está al final.

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El año que ha pasado parece haber despertado repentinamente a muchas personas a las mayores pruebas de fe que siempre han estado y estarán con nosotros. Uno podría preguntarse, en un mundo incesantemente inundado de sufrimiento y muerte, dónde estas personas han estado antes de la enervante elección presidencial les hiciera rasgar sus vestiduras. Pero eso no viene al caso, ya que para el pánico secular rara vez hay un remedio secular efectivo.

En la vida de los Estados Unidos hasta ahora, no hemos tenido un sólo breve respiro de la tiranía, en perspectiva histórica, de la opresión y de los «ejércitos ignorantes que se enfrentan por la noche». Poderosas fuerzas de dentro y fuera han estado y están ahora preparadas para terminar con esto. La inhumanidad fundamental, la regimentación, los mecanismos de control y conformidad, y el incesante reduccionismo inherente al modernismo son el semillero fértil de la tiranía política, la pérdida de la dignidad humana, la locura ideológica y el genocidio de los nacidos y no nacidos. En el triunfo y en la adoración de lo moderno y sus riquezas sin precedentes, hay mucha fealdad y peligro.

Los fallos y depredaciones que han llevado con razón a las ansiedades contemporáneas, que son bien conocidas y demasiado muchas para enumerarlas aquí.

Estas son pruebas de fe en serie, en medio de la hostilidad a la creencia religiosa y la perspectiva de un creciente fracaso y desorden secular. Aunque son mayoría, los cristianos han asumido en un tiempo históricamente corto el estatus de una minoría defensiva. Los judíos creyentes, principalmente los ortodoxos, siempre han sido una minoría defensiva. Los musulmanes abrahámicos, debido a la violencia y al fermento en el islam, son atacados por todos lados. El modernismo y el materialismo son, de momento, los dueños del mundo secular como lo fue alguna vez la Iglesia. No es irracional asumir que incluso en el terreno más fértil de la creencia – en el mundo en desarrollo – el modernismo y el materialismo, tan familiar para Occidente, se pondrán lamentablemente al día, y que eventualmente, la religión allí, ahora en auge, declinará.

Las pruebas de fe en ausencia de persecución son difíciles de ver, así como las tiranías benevolentes son las más difíciles de derrocar. Tienen la benevolencia de su lado, con la cual mecen a sus súbditos para que se duerman, y si sus súbditos se despiertan, serán sometidos por la fuerza. La respuesta a tales cosas es confiar en Dios, que decidirá todas las cuestiones a su tiempo.

Pero para el judaísmo y el cristianismo, a diferencia del islam, Dios ha establecido principios que rigen incluso sus propias acciones, y ha invitado a la investigación y la exploración. Los judíos son famosos por discutir con Dios, así como, por supuesto, entre ellos y con todos los demás. Pero ¿cómo pueden creer que Dios es omnipotente, y sin embargo luchar con él? ¿Cómo puedes reconciliar la persecución, la derrota y la muerte con la creencia en su benevolencia?

La simple aceptación, aunque se exige en la prueba de Abraham, nunca ha sido el hábito de un pueblo argumentativo. Yo mismo provengo de la tradición jasídica, en la que, paradójicamente, la exigencia de un intenso estudio de toda la vida para comprender lo divino, junto con una estrecha atención a todas las oportunidades de intermediación, existen en perfecta armonía con la convicción de que Dios también puede hablar directamente a cada persona sin ningún tipo de intermediación, ya sea intelectual o estructural. Aunque buscar a Dios a través del estudio puede revelarlo, el estudio, tal como yo lo veo, es más una necesidad de tratar de entender, apropiada y humildemente, los rayos de fuerza desatados dentro del alma al aprehenderlo.

Si la vida misma requiere educación, entonces los encuentros con lo que es más profundo y superior a la vida misma deben requerir aún más educación.

Y en cuanto a la aprehensión directa, si los supervisores del condado de Nassau, el gobernador de Texas, AT&T, el director de mi escuela secundaria y Saks Fifth Avenue pueden enviarme un mensaje directamente, acaso Dios no puede?.. ¿Quién lo negaría excepto aquellos que lo niegan por completo?

Los judíos no, como dijo de Gaulle, «siempre salen ganando». Apenas. Si no hubiera habido por el Holocausto, la conversión, la asimilación, y el crecimiento natural del pueblo judío, significaría que la población judía actual estaría quizás en cincuenta millones o más. Ahora no hay ni siquiera quince millones en un mundo de más de siete mil millones. Sólo Dios sabe cuántos judíos habría si no hubieran sido exiliados tan a menudo, masacrados tan a menudo, y excluidos de tantas libertades y profesiones. Pero en última instancia esto no perturba nuestra fe.

El arzobispo Charles Chaput de Filadelfia lo expresó muy bien cuando dijo, «La Iglesia es libre incluso en la peor de las persecuciones. Es libre incluso cuando muchos de sus hijos la abandonan. Es libre porque Dios existe, y la Iglesia no depende de números o recursos, sino de su fidelidad a la palabra de Dios.»

La fe en Dios no puede ser asumida como un disfraz. Más bien, debe ser aparente y aprehendida en su acabada simplicidad. El juicio del hombre es tan irrelevante para él como el zumbido de una mosca a la explosión del sol. Trasciende todas las sectas, creencias y la razón misma. Es la única verdad permanente. Los filósofos y teólogos lo han analizado en muchas maneras, pero para mí sólo hay dos, la fe del deseo y la fe del conocimiento.

La fe del deseo es más valiente y es una prueba, ya que requiere esperanza y confianza en las cosas que no se pueden ver. La fe del saber debe ser virtualmente asaltada por tales cosas que algunos sólo esperan, otros proyectan y otros niegan fielmente. La fe del conocimiento es tratar de mantenerse en pie en equilibrio, mientras se está de pie como en un torrente, un torbellino, en un huracán de luz perfecta.

Durante el servicio de la Pascua judía hay una canción, «Dai-ainu», que significa, «fue suficiente para nosotros», o suficiente. Su significado e intención es agradecer a Dios por todos los regalos, eliminándolos con cada verso hasta que no quede nada más que la vida misma, sólo la existencia de Dios, que es suficiente. Si uno piensa así, puede pasar cualquier prueba.

Cuando era joven, no podía entender la noción de poner la otra mejilla. Como demostración y compromiso de superioridad moral, sí. Pero eso era todo. Con el Holocausto, como el hecho más impresionante de mi existencia, me apasionaba la justicia y la necesidad de la autodefensa. Y todavía lo estoy.

Pero entonces, a los cuarenta años, estaba en una gira de libros, lo que es muy estresante para una persona privada. Un hombre, de la edad que tendría mi padre, si hubiera vivido hasta ese momento, se acercó a mí mientras firmaba libros. Sacudió lentamente su cabeza a izquierda y derecha, y dijo, «¿Cómo puede un joven como tú, que escribe libros tan maravillosos, ser un republicano?»

 

Es cierto que es una combinación inusual, pero no porque no tenga sentido. Como estoy acostumbrado a debatir, había muchas cosas que podría haber dicho. Podría haberme indignado y enfadado. Podría haberle aplastado en la refutación y el contraataque. Pero recordé a mi padre, y, viendo el parecido, simplemente sonreí y le dejé sentir que había sacado lo mejor de mí. Entonces ocurrió algo increíble, que en toda mi vida no había entendido. Un sentimiento de santidad y humildad me poseyó. No era orgullo o autosatisfacción, conozco muy bien esos pecados. Venía completamente de fuera, y era muy parecido a cuando casi moría (o moría y no moría). No era sólo un aura protectora, sino lo que el judaísmo lo llama como kodesh, o santidad, que sólo se puede entender completamente una vez que se experimenta. En el código del samurái se llama shin’bu, «sufrimiento sin protesta», aceptando el maltrato y la injusticia cuando uno está obligado a ello, sin queja. Da lugar a la santidad al igual que al poner la otra mejilla. Esa cualidad es un don que se da cuando renunciamos a nuestros poderes de acción en reconocimiento y confianza en Dios.

Estoy seguro de que, en el Holocausto, que se escribe con mayúsculas,  cuando incluso una vida es destruida injustamente, hubo y hay quienes al final, al cumplir la prueba de la fe, no sufren angustia alguna, no sólo al entregarse a la confianza en Dios sino al entregarse totalmente al amor.

Demasiadas veces he imaginado lo que sería ser llevado en manada a una cámara de gas con mi familia, o ser testigo, antes de mi propia muerte, de la tortura y la muerte de mi esposa e hijos – la razón de tan terribles ejercicios es sólo la familiaridad con la historia reciente y el reconocimiento de un mal persistente. Estoy bastante bien ejercitado en esto porque a lo largo de mi vida mi trabajo, literalmente, ha sido vivir a través de mis personajes, sentir lo que sienten, ser ellos tanto como sea posible.

Y en las situaciones más terribles y espantosas, como la anterior, cuando todo lo demás falla, cuando no queda nada y se es impotente y se busca el único escudo y hacedor de justicia más allá del reino de los poderes temporales y la mortalidad, que es el amor. Es el conquistador del dolor, y, de alguna manera, el protector de aquellos a los que cuidamos incluso en su sufrimiento.

¿De dónde proviene el poder del amor para superar incluso los peores terrores? En su forma más pura, es el amor de Dios. Pero, así como Dante no pudo mirar directamente a Dios, los mortales imperfectos se ven obligados a amarlo indirectamente, por lo que Dios nos perdona, presumiblemente porque ha creado muchas formas de intermediación. Así que uno ama a aquellos hechos «a su imagen», imagen que no debe ser tomada literalmente sino con más profundidad. Así, Dante dice, «Beatrice in suso, ed Io in lei guardava.» «Beatrice miró hacia arriba, y yo la miré a ella.» Mientras Beatriz mira hacia arriba, la luz de Dios hace su rostro aprehensible, y al reflejarse en los ojos de Dante le permite amar a Dios amándola.

El amor te llevará, si lo sabes, si lo permites, a través de todas las pruebas, a través del sufrimiento y la muerte. En el sufrimiento, es como si un ángel doblara sus alas para protegerte. Lo sé no porque sea un filósofo -puedes ver claramente que no lo soy- sino sólo porque he estado allí. Y me presento sin ninguna expectativa, excepto la burla de aquellos que no lo han hecho, lo cual se comprende si uno ha aprendido en la vida a confiar en sus propios ojos y a escuchar a su propio corazón.

 

 

Man and God in Mark Helprin

Excerpt from the tale of Mark Helprin, author of Winter’s Tale and A Soldier of the Great War, is a senior fellow of the Claremont Institute.

https://www.youtube.com/watch?v=xcUxtZzi9Gs

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The year that has passed seems suddenly to have awakened many people to the greater tests of faith that have always been and will always be with us. One might ask, in a world unceasingly awash in suffering and death, where these people have been before a stressful presidential election made them rend their garments. But that would be beside the point, which is that for secular panic there is seldom effective secular remedy.

In the life of the United States thus far, we have had a great though imperfect and, in historical perspective, brief respite from tyranny, oppression, and “ignorant armies clash[ing] by night.” Powerful forces from within and without have often been and are now poised to end this. The fundamental inhumanity, regimentation, mechanisms of control and conformity, and ceaseless reductionism inherent in modernism are the fertile seedbed of political tyranny, loss of human dignity, ideological madness, and genocide of the born and unborn. In the triumph and worship of the modern and its unprecedented riches is much ugliness and danger.

The faults and depredations that have rightly led to contemporary anxieties are well known and too many to list here. These are serial tests of faith amid hostility to religious belief and the prospect of growing secular failure and disorder. Though a majority, Christians have in a historically short time assumed the status of a defensive minority. Believing Jews, mainly the Orthodox, have always been a defensive minority. Abrahamic Muslims, due to the violence and ferment in Islam, are put upon from all sides. Modernism and materialism own the secular world as once did the Church. It is not unreasonable to assume that even in the most fertile ground of belief—the developing world—the modernism and materialism so familiar to the West will catch up, and that eventually, religion there, now on the upswing, will decline.

Tests of faith in the absence of persecution are hard to pass, just as benevolent tyrannies are the hardest to overthrow. They have benevolence on their side, with which they rock their subjects to sleep, and if their subjects awaken, they will be met with force. The answer to such things is to trust in God, who will decide all questions. But for Judaism and Christianity, unlike Islam, God has laid down principles that govern even his own actions, and has invited inquiry and exploration. Jews famously argue with God, as well as, of course, with each other and everyone else. But how can you believe that God is omnipotent, and yet wrestle with him? How can you reconcile persecution, defeat, and death with a belief in his benevolence?

Simple acceptance, even if it is demanded as in the test of Abraham, has never been the habit of an argumentative people. I myself come from the Hasidic tradition, in which, paradoxically, the requirement of intense lifelong study to understand the divine, along with close attention to all opportunities of intermediation, exist in perfect harmony with the conviction that God may also speak directly to each person without any intermediation whatsoever, either intellectual or structural. Although seeking God through study may reveal him, study as I see it is more a necessity for understanding and properly and humbly dealing with the lightning bolts of force unleashed within the soul when apprehending him. If life itself requires education, then encounters with that which is deeper and superior to life itself must require even more education.

And as for direct apprehension, if the supervisors of Nassau County, the governor of Texas, AT&T, my high school principal, and Saks Fifth Avenue can send me a message directly, God can’t? Who would deny him except those who deny him entirely?

Jews do not, as de Gaulle regally pronounced, “always come out on top.” Hardly. Had it not been for the Holocaust, conversion, and assimilation, natural growth would mean that current Jewish populations would number perhaps fifty million or more. Now there are not even fifteen million in a world of more than seven billion. Only God knows how many Jews there would be had they not been exiled so often, slaughtered so often, and excluded from so many freedoms and professions. But ultimately this does not disturb our faith.

Archbishop Charles Chaput of Philadelphia put it beautifully when he said, “The Church is free even in the worst persecution. She is free even when many of her children desert her. She is free because God does exist, and the Church depends not on numbers or resources but on her fidelity to God’s word.”

Faith in God cannot be assumed like a costume. Rather, it must be apparent and apprehended in its consummate simplicity. The judgment of man is as irrelevant to it as the buzzing of a fly to the explosion of the sun. It transcends all sects, beliefs, and reason. It is the sole permanent truth. Philosophers and theologians have parsed it into many types, but to me there are only two, the faith of wishing and the faith of knowing. The faith of wishing is braver and more of a test, in that it requires hope, and trust in things that cannot be seen. The faith of knowing is to be virtually assaulted by such things for which some merely hope, some project, and others faithfully deny. The faith of knowing is to try to stay on one’s feet in mortal balance while standing as if in a torrent, a whirlwind, a hurricane of perfect light.

During the Passover service there is a song, “Dai-ainu,” meaning, “it was enough for us,” or sufficient. Its meaning and intent are to thank God for all gifts, eliminating them with each verse until none is left but life itself, only the existence of God, which is enough. If one thinks that way, one can pass any test.

When I was young, I could not for the life of me understand the notion of turning the other cheek. As a demonstration of and commitment to moral superiority, yes. But that was it. With the Holocaust as the single most impressive fact of my existence, I was impassioned by the justice and necessity of self-defense. And I still am.

But then, at around forty years of age, I was on a book tour, which is a very stressful thing for a private person. A man roughly the age my father would have been had he lived to that point approached me as I signed books. He slowly shook his head left and right, and said, “How can a young man like you, who writes such wonderful books, possibly be a Republican?”

Granted, it is an unusual combination, but not because it doesn’t make sense. As I am used to debate, there were many things I could have said. I could have been indignant and angry. I could have crushed him in rebuttal and counterattack. But I remembered my father, and, seeing a resemblance, I merely smiled and let him feel that he had gotten the best of me. Then an amazing thing happened, that in all my life I hadn’t understood. A feeling of holiness and humility possessed me. It wasn’t pride or self-satisfaction—I know those sins only too well. It came entirely from without, and was very much like when I was almost dying (or dying and didn’t die). It was not only a protective aura, but what Judaism refers to as kodesh, or holiness, which can only be fully understood once it is experienced. In the code of the samurai it is called shin’bu, “suffering without protest,” accepting mistreatment and injustice when one must, without complaint. It gives rise to holiness just as in turning the other cheek. That quality is a gift given when we surrender our powers of action in recognition of and trust in God.

I am sure that in the Holocaust that is capitalized and in the many that are not, and when even one life is unjustly taken, there were and are those who at the end, in meeting the test of faith, suffer no anguish, not merely in giving themselves over to trust but in giving themselves wholly to love.

Too many times have I imagined what it would be like to be herded into a gas chamber with my family, or to witness, before my own death, the torture and death of my wife and children—the reason for such terrible exercises being only a familiarity with recent history and a recognition of persistent evil. I’m fairly well practiced in this because throughout my life my job, literally, has been to live through my characters, to feel what they feel, to be them as much as possible.

And in the most dire and dreadful situations, as above, when all else fails, when nothing is left and you are powerless and done, the one shield and maker of justice beyond the realm of temporal powers and mortality is love. It is the conqueror of grief, and, somehow, the protector of those whom we care for even in their suffering.

Whence the power of love to conquer even the worst terrors? In its purest form, it is the love of God. But just as Dante could not look directly at God, imperfect mortals are hard pressed to love him directly, for which, presumably, having created the possibility of many forms of intermediation, he forgives us. So one loves those made “in his image,” image not to be taken literally but more deeply. Thus, Dante says, “Beatrice in suso, ed Io in lei guardava.” “Beatrice gazed upward, and I gazed at her.” As Beatrice looks upward, the light of God makes her face apprehensible, and in reflecting off her into Dante’s eyes allows him to love God by loving her.

Love will carry you, if you know it, if you let it, through all tests, through suffering and death. In suffering, it is as if an angel folds his wings to protect you. I know this not because I am a philosopher—you can plainly see that I am not—but only because I have been there. And I report back with no expectation except mockery from those who haven’t, which is perfectly all right if one has learned in life to trust one’s own eyes and listen to one’s own heart.

 

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