La petrificación de los intelectuales de izquierda

 

 

Peter Kopa

Rescensión de un artículo del prestigioso intelectual Prof. Hans Ulrich Gumbrecht, aparecido en alemán, en agosto 2020, en Zúrich, en la Neue Zuercher Zeitung. Presentación en Wikipedia: Hans Ulrich Gumbrecht (Wurzburgo, 15 de junio de 1948) es un teórico literario estadounidense de origen alemán cuyo trabajo abarca desde la filología y la filosofía, pasando por la historia literaria y cultural hasta las epistemologías de lo cotidiano. Profesor de la Universidad de Stanford desde 1989, ocupa la cátedra Albert Guérard como profesor en los Departamentos de Literatura Comparada y Francés e Italiano, en la Sección de Literaturas, Lenguas y Culturas de Stanford; también colabora en los Departamentos de Estudios Alemanes, Culturas Ibéricas y Latinoamericanas, y en el Programa de Pensamiento y Literatura Moderna de dicha universidad.

 

Por qué la actitud crítica de los intelectuales está pasado de moda

Los intelectuales, en particular, están muy interesados en cuestionar el equilibrio del poder. Pero los que son demasiado críticos suelen ser sobre todo una cosa: moralistas. El juicio crítico se hizo necesario con Platón y Aristóteles, cuando el conocimiento general ya no era suficiente.

Con demasiada frecuencia está surgiendo un nuevo uso de las palabras.  Así, la sustitución del adjetivo «interesante» por el participio «excitante», se ha convertido en una regla, con algunas variantes, en el idioma alemán, lo que resulta particularmente molesto, simplemente por razones de gusto. Igualmente, irritante es la inflación conceptual del concepto «sostenibilidad», cuyo tufillo a moralina nos presenta recomendaciones demasiado bienintencionadas, y, a la vez, confusas.

Sin embargo, lo más difícil son los casos en que el significado original de una palabra se ha convertido en su contrario, sin que sus seguidores quieran sacar ninguna consecuencia de ello. Así el término «crítica», que hace dos siglos y medio significaba la más alta pretensión de conocimiento de la capacidad cognoscitiva de la mente humana y que, tras una historia de decadencia terminológica olvidada, se ha convertido ahora en una parodia de sus orígenes.

Primero Kant, luego Marx

Esa relevancia práctica del juicio, como precursor del concepto moderno de la ´crítica´, siempre estuvo al alcance de las discusiones filosóficas de la antigüedad, especialmente en Platón y Aristóteles, y podría servir de orientación, si un proceso de higiene intelectual volviera a abrir la posibilidad de un nuevo uso de las palabras. Su historia moderna, por otra parte, comenzó, especialmente en el idioma alemán, al más alto nivel, en los escritos «críticos» de Immanuel Kant y su intención de emprender «no una crítica de los libros y sistemas, sino más bien de la razón en general». El término inglés «critique» ha conservado precisamente este significado de un examen de la capacidad humana para el conocimiento, con el que la Ilustración alcanzó su clímax y conclusión.

Entre los pensadores del idealismo, especialmente entre Fichte, Schelling y Hegel, la palabra «crítica», por un lado, perdió la posición dominante que había ocupado en los escritos de Kant y, por otro lado, sufrión cambio en su contenido conceptual. Fue el resultado de una creciente proximidad al entonces nuevo concepto de ciencia, que rápidamente adquirió un aura de superioridad intelectual después del siglo XVIII –  en contraste con la facultad cognitiva general que Kant había estudiado.

Pero fue recién bajo los llamados «hegelianos de izquierda», que utilizaron el pensamiento de Hegel sin llegar hasta sus conclusiones en sus discursos filosóficos. Especialmente en Karl Marx la «crítica» asumió la posición central y el significado preponderantemente polémico que aún tiene hoy. Esto surgió de la combinación del prestigio del lenguaje científico (en los que se basó Marx, por ejemplo, en su «Crítica de la filosofía hegeliana del derecho» de 1844) con el rechazo de las condiciones del Estado contemporáneo y su economía capitalista (por ejemplo, en la «Crítica de la economía política» de 1859). Esta asimilación convirtió la palabra “crítica” en un instrumento político que se suponía podría ayudar a cumplir la promesa de una sociedad «sin clases».

 

 

Un cortocircuito fatal

A través del singular impacto de los escritos de Marx y Engels, la conexión entre el aura de las ciencias y la polémica política se convirtió en una condición dominante de la experiencia a finales del siglo XIX y principios del XX. Cualquiera que se topara con esta amalgama apenas necesitaba justificar su reacción, porque el marxismo se consideraba erróneamente superior.

Al mismo tiempo, esto bloqueaba la posibilidad de una evaluación positiva de las aportaciones, que se había dado desde el ejercicio inicial del juicio científico. Así, cualquiera que alguna vez expresaba elogios, caía bajo la sospecha de ser parte de una conspiración de explotadores contra las clases trabajadoras.

La unilateralidad del juicio como rechazo también prevaleció en la «Teoría Crítica», una exigente práctica académica de análisis del arte, de la literatura y de la música sobre una base marxista, que ha continuado emblemática en los escritos de Theodor W. Adorno hasta el día de hoy. La oportunidad política de la experiencia estética, afirmaba Adorno, surge de la condensación y visualización de los conflictos de clases a través de las formas de las obras.

La falta de autocrítica

Entre sus grandes logros están también las reflexiones de Jürgen Habermas sobre situaciones estructurales de injusticia en las sociedades de finales del siglo XX. Pero no importa cómo Habermas, como intelectual ampliamente difundido, contribuyó al establecimiento tardío de una vida democrática en Alemania, ya que el aura de superioridad de la ciencia también prevaleció claramente en sus polémicas. Mientras que él estaba en gran parte de acuerdo con su camarada de la generación francesa de Michel Foucault, con respecto a los agravios sociales y sus alternativas, los seguidores de la «Teoría Crítica» impusieron sus reservas ante la ausencia de una base marxista en las obras de Foucault, hasta el punto de llegar a absurdas acusaciones de neoconservadurismo.

En un libro publicado el año pasado, el propio Habermas diferenció una vez más su concepción de la ciencia en el contexto de las tradiciones de la fe. A diferencia de él, sin embargo, la mayoría de los intelectuales que alcanzaron honores académicos y públicos bajo su influencia – con la pretensión de seguir siendo críticos, de todas las cosas – se cerraron a cualquier revisión autocrítica.

Ciegos a los fenómenos del avance del siglo XXI que no se pueden negar, sobre el trasfondo del supuesto calentamiento global, la transformación del trabajo humano mediante la tecnología electrónica y los cambios en la pirámide demográfica de la edad, el marxismo se sigue aferrando a sus dogmas filosóficos anticuados y a certezas de la ética propia (una nueva palabra favorita). Esta inquebrantable firmeza de principios erróneos recuerda a sus oponentes populistas en la arena pública, que confían en la aceptación sin contenido de los gestos de autenticidad como un nuevo modo de política – tachándolos de que no se atienen a lo „políticamente correcto».

 

Los ideólogos y los populistas

Quien busque los motivos de esta petrificación del espíritu crítico de antaño se encontrará una vez más con una extraña afinidad con el lado político opuesto.

Se ha identificado bien, creo yo- un estado de ánimo del «quedarse atrás» y el consiguiente resentimiento que produce ante el presente tecnológico-cultural, como la situación a la que, por ejemplo, los actuales jefes de Estado de los Estados Unidos, Brasil, Italia o Hungría deben su base estable de votantes. Pero, ¿no puede observarse un resentimiento estructuralmente similar entre la «izquierda crítica» del pasado -y de la actualidad-, cuyas imágenes tradicionales de progreso social (como la reducción drástica de las horas de trabajo) han perdido su atractivo para otros contemporáneos en la medida en que se han hecho factibles?

El hábito de ser crítico se ha convertido en la afirmación final de una utopía social pasada – y la grotesca auto celebración del resentimiento como ciencia. Los intelectuales curiosos deberían liberarse del hechizo de esta última etapa mediante la práctica de intervenciones polémicas en el lenguaje cotidiano, incluso si se trata de una «afirmación» final del síndrome de la «crítica».

 

Cualquiera que señale las implicaciones congeladas en la práctica crítica de la izquierda ya no debe permitir que se le acuse de ser «afirmativo», «derechista» o «neoliberal» hoy en día. La obligada insistencia de los intelectuales en un estrecho espectro de posiciones políticas ha sido siempre el legado de un concepto amputado de «crítica», y por lo tanto un gran malentendido de sí mismo.

 

El impulso de una crítica del concepto tradicional de «crítica», por otra parte, podría reavivar nuestro deseo de juicios independientes y nunca predecibles como la práctica crítica original.

 

 

 

 

 

The petrification of leftist intellectuals

 

Review of an article by the prestigious intellectual Prof. Hans Ulrich Gumbrecht, published in German in August 2020 in Zurich, in the Neue Zuercher Zeitung

Wikipedia presentation: Hans Ulrich Gumbrecht (Würzburg, 15 June 1948) is an American literary theorist of German origin whose work ranges from philology and philosophy, through literary and cultural history, to the epistemologies of the everyday. Professor at Stanford University since 1989, he holds the Albert Guérard Chair as a lecturer in the Departments of Comparative Literature and French and Italian, in the Section of Literatures, Languages and Cultures at Stanford; he also collaborates in the Departments of German Studies, Iberian and Latin American Cultures, and in the Program of Thought and Modern Literature at the same university.

 

Why the critical gesture of intellectuals is out of fashion

Intellectuals, in particular, are very interested in questioning the balance of power. But those who are too critical tend to be mostly one thing: moralists. Critical judgment became necessary with Plato and Aristotle when general knowledge was no longer sufficient.

Too often a new use of words is emerging.  Thus, the replacement of the adjective «interesting» by the participle «exciting», which has become a rule with its variants in the German language, is particularly annoying, simply for reasons of taste. Equally irritating is the conceptual inflation of the concept of «sustainability», whose whiff of morality presents us with recommendations that are both too well-intentioned and confusing.

However, the most difficult cases are those in which the original meaning of a word has become its opposite, without its followers wanting to draw any consequences from this. Thus the term «criticism», which two and a half centuries ago meant the highest claim to knowledge of the cognitive capacity of the human mind and which, after a history of forgotten terminological decline, has now become a parody of its origins.

First Kant, then Marx

This practical relevance of judgment, as a precursor to the modern concept of ‘critique’, was always within the reach of the philosophical discussions of antiquity, especially in Plato and Aristotle, and could serve as a guide, if a process of intellectual hygiene were to reopen the possibility of a new use of words. His modern history, on the other hand, began, especially in the German language, at the highest level, in the «critical» writings of Immanuel Kant and his intention to undertake «not a criticism of books and systems, but rather of reason in general. The English term «critique» has retained precisely this meaning of an examination of human capacity for knowledge, with which the Enlightenment reached its climax and conclusion.

Among the thinkers of idealism, especially among Fichte, Schelling and Hegel, the word «critique», on the one hand, lost the dominant position it had occupied in Kant’s writings and, on the other hand, suffered a change in its conceptual content. It was the result of a growing proximity to the then new concept of science, which quickly acquired an aura of intellectual superiority after the 18th century – in contrast to the general cognitive faculty that Kant had studied.

But it was only under the so-called «left-wing Hegelians», who used Hegel’s thought without reaching his conclusions in their philosophical discourses. Especially in Karl Marx «critique» assumed the central position and the preponderantly controversial meaning it still has today. This arose from the combination of the prestige of scientific language (on which Marx based himself, for example, in his «Critique of Hegelian Philosophy of Law» of 1844) with the rejection of the conditions of the contemporary state and its capitalist economy (for example, in the «Critique of Political Economy» of 1859). This assimilation turned the word «critique» into a political instrument that was supposed to help fulfill the promise of a «classless» society.

 

 

A fatal shortcut

Through the unique impact of the writings of Marx and Engels, the connection between the aura of science and political controversy became a dominant condition of experience in the late 19th and early 20th centuries. Anyone who came across this amalgamation hardly needed to justify their reaction, because Marxism was considered wrongly superior.

At the same time, this blocked the possibility of a positive evaluation of the contributions, which had existed since the initial exercise of scientific judgment. Thus, anyone who ever expressed praise fell under the suspicion of being part of a conspiracy of exploiters against the working classes.

Unilateral judgment as a rejection also prevailed in «Critical Theory», a demanding academic practice of analysis of art, literature and music on a Marxist basis, which has remained emblematic in the writings of Theodor W. Adorno to this day. The political opportunity of the aesthetic experience, Adorno stated, arises from the condensation and visualisation of class conflicts through the forms of the works.

The lack of self-criticism

Among his great achievements are also Jürgen Habermas’s reflections on structural situations of injustice in the societies of the late 20th century. But no matter how Habermas, as a widely disseminated intellectual, contributed to the late establishment of democratic life in Germany, the aura of superiority of science also clearly prevailed in his controversies. While he was largely in agreement with his comrade of the French generation of Michel Foucault, with regard to social grievances and their alternatives, the followers of «Critical Theory» imposed their reservations about the absence of a Marxist basis in Foucault’s works, even to the point of absurd accusations of neo-conservatism.

In a book published last year, Habermas himself once again differentiated his conception of science in the context of faith traditions. Unlike him, however, most of the intellectuals who achieved academic and public honors under his influence – with the pretense of remaining critical, of all things – were closed to any self-critical review.

Blind to the undeniable phenomena of the advance of the 21st century, against the background of supposed global warming, the transformation of human labour through electronic technology and changes in the demographic pyramid of the age, Marxism continues to cling to its outdated philosophical dogmas and to certainties of its own ethics (a new favourite word). This unwavering firmness of erroneous principles reminds its populist opponents in the public arena, who rely on the content-free acceptance of gestures of authenticity as a new mode of politics – labelling them as not adhering to the «politically correct».

 

Ideologues and populists

Whoever looks for the reasons for this petrification of the critical spirit of yesteryear will once again find a strange affinity with the opposite political side.

A state of mind of «falling behind» and the consequent resentment it produces in the face of the technological-cultural present has been well identified, I believe, as the situation to which, for example, the current heads of state of the United States, Brazil, Italy or Hungary owe their stable voter base. But can’t a structurally similar resentment be observed among the «critical left» of the past – and of the present – whose traditional images of social progress (such as the drastic reduction of working hours) have lost their appeal for other contemporaries to the extent that they have become feasible?

The habit of being critical has become the final affirmation of a past social utopia – and the grotesque self-celebration of resentment as a science. Curious intellectuals should free themselves from the spell of this last stage by practicing controversial interventions in everyday language, even if it is a final «affirmation» of the «critique» syndrome.

 

Anyone who points out the frozen implications in the critical practice of the left should no longer allow himself to be accused of being «affirmative», «right-wing» or «neoliberal» today. The forced insistence of intellectuals on a narrow spectrum of political positions has always been the legacy of an amputated concept of «critique», and thus a great misunderstanding of itself. The impulse for a critique of the traditional concept of «critique», on the other hand, could revive our desire for independent and never predictable judgments like the original critical practice.

 

 

 

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