La crisis de la Unión Europea y los 1,8 trillones

Below the English version.

https://www.youtube.com/watch?v=4VCYHTGjr-U

https://www.youtube.com/watch?v=ATrhvt8cW98

Traducción y recensión de artículo alemán de la Neue Zuercher Zeitung, Zuerich, por Eric Gujer, 25.7.20

Peter Kopa,  1.9.2020

La Unión Europea (UE)E está pasando por una sacudida, y sin embargo el fracaso de la UE es evidente. En la superficie, el bazar de Bruselas es un éxito. Se ha distribuido mucho dinero, pero esto no resuelve el verdadero problema. Las diferencias de opinión entre los estados miembros son tan grandes que tendría sentido desenredar las tareas de la UE y retirar a Italia de la Unión Monetaria.

El presidente francés Emmanuel Macron, Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea y el secretario general Jeppe Tranholm Mikkelsen se reunieron el 21 de julio durante la cumbre especial de la UE en Bruselas. 

Para describir los temores alemanes ante una Europa unida, una palabra es suficiente: convertirse en agente pagador. Desde la fundación de la UE, la mayor economía del continente ha temido que tendría que alimentar un parentesco menos eficiente y, por lo demás, notoriamente poco fiable. Sin embargo, nunca se supo dónde terminan los intereses legítimos y donde comienza la avaricia. Si bien inicialmente fueron la opinión pública y los políticos de segunda fila, los que pronunciaron la desagradable palabra de agente pagador, ésta se abrió su camino en el vocabulario oficial después de la reunificación alemana. El canciller Gerhard Schröder se quejó en su día de que en Bruselas se «quemaban» los miles de millones de dinero alemán. Su sucesora llevó esta crítica a su punto álgido, durante la crisis del euro. A veces, la defensa de los principios abstractos le parecía más importante que la continuidad misma del condominio franco-alemán llamado UE.

Al principio de la epidemia triunfó el egoísmo nacional

Por lo tanto, fue como una seňal de alerta cuando Angela Merkel y Emmanuel Macron asumieron la idea de ayudar a los países especialmente afectados por el Coronavirus con subvenciones y no sólo con préstamos. Una idea nacida de la constatación de que, ante la mayor catástrofe desde el final de la guerra mundial, Europa necesita algo más que una gestión rutinaria de la crisis. Un acto de solidaridad genuina ha de tener como objetivo estabilizar una Unión, en momentos en los que el egoísmo y la política nacional de torres de capillita se habían impuesto al principio de la pandemia. Alemania estaba dispuesta a pasar página y a deshacerse de la política europea de toda una década. Es necesario recordar esta prehistoria para valorar adecuadamente el alcance del ´bazar´ en la Cumbre de Bruselas y la relevancia de sus decisiones.

Los estados europeos acordaron un paquete financiero de 1,8 trillones de euros que, además de la ayuda referida relacionada con el coronavirus, también regulara el próximo presupuesto de la UE. Un logro asombroso – y, sin embargo: no basta. No se trata de la materialidad del dinero puesto sobre la mesa, que costó el trabajo acaloradas disputas durante cuatro largos días y noches.

El paquete es inadecuado en un sentido más amplio. No puede superar las contradicciones entre los países del sur y los «Cinco ricos», y entre Europa Occidental y el Este. Estamos ante una paradoja: la Unión ha sido sacudida, pero no parece que vaya a cambiar el estancamiento de la UE.

¿La UE es un proyecto de paz o un cajero automático?

Las decisiones sufren el mismo problema que muchas decisiones de las cumbres desde el cambio de milenio. La UE ha perdido su razón de ser. Algunos todavía la ven como un proyecto civilizador y la respuesta a siglos de derramamiento de sangre. Otros la ven de manera bastante pragmática como un instrumento para reducir su atraso económico, con la ayuda de las arcas de la Comunidad.

Ambas opiniones son legítimas. Como no pueden reconciliarse, el dinero debe usarse como sustituto de la política. El dinero es neutral; puede financiar asesinatos en masa, así como erradicar enfermedades infecciosas. La política, sin embargo, nunca es neutral. Afecta a los pueblos existencialmente. Si esto suena demasiado abstracto, pensemos en el Brexit. Los británicos consideran la independencia como el mayor bien y aceptan sacrificios por ella. Las decisiones sobre cuestiones fundamentales de la vida son la esencia de la política, y por eso mismo afirma su primacía sobre el dinero y la economía.

La UE ya no es capaz de comprender ni tomar decisiones en este sentido meta-económico. Los desacuerdos sobre el rescate del euro sólo se intentaron resolver con dinero. El Consejo Europeo renunció a su poder de conformar la UE en coherencia con los más altos principios, transmitiendo esta tarea al Banco Central Europeo. Y el BCE no sabe hacer otra cosa que llenar el vacío de los valores más altos con programas de compra de bonos. Y eso que su mandato está taxativamente definido, que consiste en asegurar la estabilidad monetaria, pero en realidad se ha convertido en una bazuca económico-política universal, por lo que los guardianes de la moneda europea están disparando a fuego cerrado con todos sus cañones.

Pero a largo plazo, el dinero no es un sustituto de la política. La Corte Constitucional Alemana en Karlsruhe también lo sabe. En un fallo sensacional sentenció que el banco central se extralimitaba en su mandato, mientras no se legitimara políticamente la asignación ilimitada de fondos. Karlsruhe calificó una decisión del Tribunal de Justicia Europeo como incompatible con la constitución alemana, porque había aprobado la compra de bonos. Lo político tiene un valor intrínseco que las otras potencias no pueden ignorar. Sin embargo, a los tecnócratas de las instituciones de la UE – en la Comisión, el Banco Central y en el Tribunal de Justicia – no les importa esto.

El clima de relaciones entre el Oeste y el Este se está envenenando

La omnipresencia del pensamiento monetario en vez del político lo manifiesta la disputa en la UE, sobre la forma de cómo tratar a los gobiernos de Varsovia y Budapest en lo relativo a los derechos fundamentales de los ciudadanos. Los británicos consideran la independencia soberana como el mayor bien y aceptan sacrificios por ella. Las decisiones sobre cuestiones fundamentales de la vida – como hemos dicho arriba-  son la esencia de la política, y por eso afirma su primacía sobre el dinero y la economía.

Sin embargo, dado que la exclusión es ilusoria, la UE decidió condicionar la concesión de subvenciones al cumplimiento de los derechos fundamentales, tal como los entienden la UE. Incluso si Víctor Orban cediera a la presión, lo cual es poco probable, el clima entre el Este y el Oeste seguiría envenenado. No se ganaría nada, o, en otras palabras: se acudiría al dinero como sustituto de la política.

La atmósfera entre el Norte y el Sur está igualmente contaminada, y no sólo desde que los sureños se sintieron abandonados en la crisis del Coronavirus. La ayuda decidida ahora en Bruselas puede a primera vista relajar la tensa relación, pero no cambia esencialmente el conflicto. Las sociedades del norte de Europa tienen un ethos estatal calvinista en el que la responsabilidad y la disciplina desempeñan un papel importante, mientras que en el sur de Europa el Estado se considera principalmente como una vaca a ordeñar. No es de extrañar que los puritanos de los Países Bajos, Dinamarca, Suecia y Finlandia, junto con el neo-puritano Sebastián Kurz en Austria, se rebelen contra los subsidios del Sur.

La UE ya no puede permitirse tomar tales decisiones. Los desacuerdos sobre el rescate del euro sólo se podían resolver con dinero. El Consejo Europeo renunció a su facultad de dar forma al euro y lo transfirió al Banco Central. El BCE llena el vacío con programas de compra de bonos. Su mandato, estrechamente definido, de asegurar la estabilidad monetaria se ha convertido así en una bazuca de política económica universal. 

La comunitarización de más y más áreas políticas, y la unión monetaria, están forzando un alto grado de convergencia. Forman una camisa de fuerza que no deja mucho espacio para respirar. El gesto de solidaridad necesario y correcto en tiempos de epidemias seguirá siendo inadecuado mientras no se dé nuevamente a los Estados miembros de la UE más espacio para una vida propia y soberana.

Mientras se espere que Italia se transforme en la Tierra del Norte, sólo con palmeras y pasta, la próxima confrontación está programada y el gesto humanitario de hoy será olvidado rápidamente.

 

En el círculo vicioso de los tecnócratas

El desenredo, que supondría la retirada de Italia de la Unión Monetaria, sería una decisión altamente política y además correcta. Sería lo contrario al estilo tecnocrático que ha llevado a la UE al punto muerto en el que persiste durante años. Los defensores de la turbointegración argumentan que la integración europea es como montar en bicicleta. Si se detiene, se cae. El bon mot se está volviendo ahora contra sus creadores. La UE ya no avanza. Por lo tanto, debería caerse.

Algunos temen su desintegración, otros la anhelan. Tal vez ambos estén equivocados. Incluso las instituciones escleróticas, con una razón de ser cada vez menor, a veces disfrutan de una larga vida. El Sacro Imperio Romano Germánico, el precursor medieval de la UE, resultó en realidad políticamente obsoleta después de la Paz de Westfalia. Pero se mantuvo otros 150 años antes de su desaparición.

Incluso una Unión estancada puede resistir mucho tiempo, sobre todo porque tiene dos instituciones que siguen muy vivas: el Banco Central y el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas. Como estos también son la encarnación de la tecnocracia, el camino a seguir parece estar trazado. No conduce a más solidaridad y espíritu comunitario, sino a más párrafos y reglas. Cuando no se puedan hacer cumplir, el dinero debe cubrir las grietas. La única pregunta es quién asumirá el papel de pagador constante en esta construcción.

 

 

 

 

 The crisis of the European Union and the 1.8 trillion

https://www.youtube.com/watch?v=4VCYHTGjr-U

https://www.youtube.com/watch?v=ATrhvt8cW98

Translation and review of German article from Neue Zuercher Zeitung, Zuerich, by Eric Gujer, 25.7.20

Peter Kopa

The European Union (EU)E is going through a shock, and yet the failure of the EU is evident. On the surface, the Brussels bazaar is a success. A lot of money has been distributed, but this does not change the real problem. The differences of opinion between the member states are so great that it would make sense to unravel the tasks of the EU and withdraw Italy from the monetary union.

French President Emmanuel Macron, European Commission President Ursula von der Leyen and Secretary General Jeppe Tranholm Mikkelsen met on July 21 during the special EU summit in Brussels. 

One word is enough to describe Germany’s fears of a united Europe: to become a Paying agent. Since the founding of the EU, the continent’s largest economy has feared that it would have to feed a less efficient and otherwise notoriously unreliable kinship. However, it has never been clear where legitimate interests end and greed begins. Although initially it was public opinion and second-rate politicians who uttered the unpleasant word of Paying Agent, it found its way into the official vocabulary after German reunification. Chancellor Gerhard Schröder once complained that billions of German money were being «burned» in Brussels. His successor brought this criticism to a head during the euro crisis. Sometimes the defence of abstract principles seemed more important to him than the very continuity of the Franco-German condominium called the EU.

At the beginning of the epidemic, national egoism triumphed

So it was like a drumbeat when Angela Merkel and Emmanuel Macron took up the idea of helping countries especially affected by the Coronavirus with grants and not just loans. An idea born of the realisation that, in the face of the greatest catastrophe since the end of the world war, Europe needs more than just routine crisis management. An act of genuine solidarity must be aimed at stabilising a Union, at a time when selfishness and a national policy of chapel towers had prevailed at the beginning of the pandemic. Germany was prepared to turn the page and to get rid of the European policy of a whole decade. This prehistory needs to be recalled in order to properly assess the scope of the ‘bazaar’ at the Brussels summit and the relevance of its decisions.

The states agreed on a financial package of 1.8 trillion euros which, in addition to the aforementioned aid related to the Coronavirus, will also regulate the next EU budget. An amazing achievement – and yet: not enough. This is not about the materiality of the money on the table, which cost the work of heated disputes over four long days and nights.

The package is inadequate in a broader sense. It cannot overcome the contradictions between the countries of the South and the rich five’, and between Western and Eastern Europe. We are faced with a paradox: the Union has been shaken up, but it does not look like it will change the EU’s stagnation.

Is the EU a peace project or a cash machine?

Decisions suffer from the same problem as many summit decisions since the turn of the millennium. The EU has lost its raison d’être. Some still see it as a civilising project and the answer to centuries of bloodshed. Others see it quite pragmatically as an instrument for reducing their economic backwardness with the help of Community coffers.

Both views are legitimate. As they cannot be reconciled, money must be used as a substitute for politics. Money is neutral; it can finance mass murder, as well as eradicate infectious diseases. Politics, however, is never neutral. It affects people existentially. If this sounds too abstract, let’s think about Brexit. The British consider independence to be the greatest good and accept sacrifices for it. Decisions on fundamental life issues are the essence of politics, and that is why it asserts its primacy over money and the economy.

The EU is no longer capable of understanding and making decisions in this meta-economic sense. The disagreements over the euro rescue were only attempted to be resolved with money. The European Council relinquished its power to shape the EU according to the highest principles, passing on this task to the European Central Bank. And the ECB can do nothing but fill the gap in the highest values with bond buying programmes. Its mandate is narrowly defined and consists of ensuring monetary stability, but in reality it has become a universal economic-political bazooka, which is why the guardians of the European currency are firing with all their guns.

But in the long term, money is not a substitute for politics. The German Constitutional Court in Karlsruhe knows this too. In a sensational ruling it ruled that the central bank was exceeding its mandate as long as the unlimited allocation of funds was not politically legitimised. Karlsruhe called a European Court of Justice decision incompatible with the German constitution because it had approved the purchase of bonds. The political has an intrinsic value that other powers cannot ignore. However, the technocrats in the EU institutions – in the Commission, the Central Bank and the Court of Justice – do not care about this.

The climate of relations between West and East is being poisoned

The omnipresence of monetary rather than political thinking is manifested in the dispute in the EU over how to deal with the governments of Warsaw and Budapest in terms of citizens’ fundamental rights. The British see sovereign independence as the greatest good and accept sacrifices for it. Decisions on fundamental life issues – as we have said above – are the essence of politics, and that is why it asserts its primacy over money and the economy.

Since exclusion is illusory, however, the EU decided to make the granting of subsidies conditional on compliance with fundamental rights, as the EU understands them. Even if Victor Orban were to give in to the pressure, which is unlikely, the climate between East and West would still be poisoned. Nothing would be gained, or in other words: money would be used as a substitute for politics.

The atmosphere between North and South is equally polluted, and not only since the Southerners felt abandoned in the Coronavirus crisis. The aid now decided on in Brussels may at first sight ease the tense relationship, but it does not fundamentally change the conflict. Northern European societies have a Calvinist state ethos in which responsibility and discipline play an important role, while in southern Europe the state is mainly seen as a milking machine. No wonder that the Puritans in the Netherlands, Denmark, Sweden and Finland, together with the neo-Puritanian Sebastian Kurz in Austria, rebel against the subsidies of the South.

The EU can no longer afford to make such decisions. Disagreements over the euro rescue could only be resolved with money. The European Council gave up its power to shape the euro and transferred it to the Central Bank. The ECB fills the gap with bond purchase programs. Its narrowly defined mandate to ensure monetary stability has thus become a universal economic policy bazooka. 

The communitisation of more and more policy areas and monetary union are forcing a high degree of convergence. They form a straitjacket that does not leave much room to breathe. The necessary and correct gesture of solidarity in times of epidemics will remain inadequate as long as the EU Member States are not again given more room for a life of their own and sovereignty.

As long as Italy is expected to transform itself into the Land of the North, with only palm trees and pasta, the next confrontation is scheduled and today’s humanitarian gesture will quickly be forgotten.

In the vicious circle of technocrats

The disengagement, which would mean Italy’s withdrawal from the monetary union, would be a highly political decision and also correct. It would be the opposite of the technocratic style that has led the EU to the impasse in which it has persisted for years. Advocates of turbintegration argue that European integration is like riding a bicycle. If you stop, you fall. The bon mot is now turning against its creators. The EU is no longer moving forward. It should therefore fall.

Some fear its disintegration, others yearn for it. Perhaps they are both wrong. Even sclerotic institutions, with a diminishing raison d’être, sometimes enjoy a long life. The Holy Roman Empire, the medieval forerunner of the EU, was actually politically obsolete after the Peace of Westphalia. But it was maintained for another 150 years before its demise.

Even a stagnant Union can hold out for a long time, especially since it has two institutions that are still very much alive: the Central Bank and the European Court of Justice. As these too are the embodiment of technocracy, the way forward seems to be mapped out. It does not lead to more solidarity and community spirit, but to more paragraphs and rules. When they cannot be enforced, money must cover the cracks. The only question is who will assume the role of constant payer in this construction.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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